viernes, 30 de agosto de 2019

Dos polos



Escribo mientras escucho por décima vez consecutiva a Evanescense y su canción My Immortal. Lo hago y voy sintiendo cómo sus notas retumban en mi pecho. Mis manos tiemblan. ¿Por qué me castigo de esta manera? ¿Por qué escucho esta canción que me entristece? ¿Qué tiene su melodía que la traigo incrustada en el pensamiento? 
Retomo el deseo de poder controlar esto que me carcome y consume poco a poco. Un sentimiento inexplicable me rebasa y domina. Huyo de los demás. Busco refugio en la soledad de mí misma. Ojalá pudieras entenderlo, entenderme. Dejar de lanzar tus dardos que me abren heridas. No soy quién para dominar lo que siento, es más, no puedo. Es más fácil que huyas. La melancolía no es una enfermedad que se contagie, no debería preocuparte.  

Ardo en la hoguera de la nostalgia. En los destellos que me da la lucidez, entiendo que no es fácil aceptar vivir con una persona como yo, vaya, que vive entre dos polos. 
Busco consuelo en el mar –no es de extrañarse-. De tanto verlo siento ganas de ahogar en él lo que me ahoga. Quisiera visitar su profundidad, sacudirme tantas emociones contenidas a fuerza de tus reproches. Aquí en la superficie el aire está enrarecido. 
Entre tanta confusión mi aliento busca el tuyo. Llueve soledad. Tiembla abandono. Huele a tristeza.  
Durante el día camino por las calles de este lugar tan pequeño y asfixiante. Reniego de eso, sin embargo, en otros momentos es este mismo lugar donde he encontrado cobijo. 
Soy fantasma que recorre avenidas y callejones con el corazón apretujado en mi mano izquierda. La sangre roja brillante escurre de prisa. El día es interminable. 
Pocas cosas me animan. Espero la noche. Es ella quien me abraza y consuela. Es ella quien me entiende, llora conmigo y en silencio seca mi llanto. Su paz ahuyenta mis temores. 
Somos ella y yo, sin otros brazos, ni otra voz. La noche y yo. 



"Me he ido a dar un paseo a la playa,
  ha llovido como si le hubieran roto el corazón al cielo
  y he comprendido
  que uno es de donde llora pero siempre
  querrá ir a donde ríe".

 ElviraSastre

domingo, 25 de agosto de 2019

Letras por silencios


Sigo la línea recta que he trazado yo misma para este amor desequilibrado. 
Evito escuchar la voz de la razón, en cambio, presto atención al murmullo que se origina dentro de mi pecho que sube y baja desacompasado, desmesurado, mientras ignoro la melodía de la canción que suena en la radio. 

Vienes a mi mente y  me pregunto de qué manera me recuerdas cuando me piensas.
Por lo pronto y mientras empiezo a extrañarte, busco papel y tinta y te escribo una carta con el firme propósito de depositarla mañana a primera hora en la oficina de Correos. Sin embargo, y por una extraña razón que no logro comprender, la guardo en el cajón del escritorio gris, abandonando la idea que me hizo escribirte. Ahora le hace compañía a tus pinceles y acuarelas y me parece todavía verte sentado, concentrado, mientras pintas una ballena gris asomando su cabeza a través de las aguas  saladas de tu turbulento mar, contrariamente Pacífico. Y es que tienes apenas unas cuantas horas que te has ido y a mí, ya me parece como si hubiesen pasado muchos otoños con sus hojas caídas. 
Cierro el cajón y dejo la carta ahí, para que un día, el menos pensado la encuentres y a pesar de haber  pasado semanas, me leas. Leas mi voz dispersa entre vocales y sílabas, entre cortas oraciones.  Entre muchos verbos y escasos sustantivos.

No puedo dejar de adelantarte que en esa carta te pregunto: ¿a dónde puede ir una persona a buscar la pasión?  
En otro renglón te cuento que esta tarde me sorprendí sonriendo al recordar los días en que te escapabas de tus quehaceres para encontrarte conmigo mientras la mayoría trabajaba. En ese entonces ninguno de los dos imaginamos el rumbo que tomarían las cosas.  Me sentí contenta de tu recuerdo, de sentirme así, en ese  chispazo que la memoria me regaló. Instantes antes de que la conciencia y  la nostalgia vinieran a arruinar tan efímero momento. 

La conciencia de entender que la vida cambia, el amor mismo. Las responsabilidades y la rutina apabullan. La nostalgia de sentirme enamorada. Del deseo imposible de contener. De los besos largos y profundos. Del abrazo eterno. De las noches insomnes. 

Ojalá encuentres esa carta antes que yo vuelva a abrir el cajón. Ojalá sepas si la ves, que es para ti aunque no tenga tu nombre escrito.

¿El amor también puede construirse o deconstruirse de silencios?, o sólo de letras y fonemas y del tacto y el roce de la piel.


"Así será.
 Yo no estaré.
 Tú, pronto, te irás.
 Pero siempre seremos uno el tiempo que dure el recuerdo."  Elvira Sastre



lunes, 22 de julio de 2019

Epitafio



 
Quién de mi cuerpo inerte
observará mi rostro inexpresivo
y sobre mi corazón silenciado
dejará una orquídea negra.

quién gritará a cielos o infiernos
que no me lleven
aferrándose fuertemente
a mi mano fría e indiferente.

cuando ambas
se hayan puesto de acuerdo
soltándome la vida
          para asirme la muerta 

quién echará de menos
conversaciones por télefono
lecturas compartidas 
          el café negro 

repetirá mi nombre 
los días fríos
          lluviosos 
          calurosos o con viento

         leerá mi poesía
         abrazará mi retrato
         y por las noches
         recorrerá las calles vacías
         
         quiero descansar sobre La Virgen
en una cueva custodiada por Gigantes
o disuelta en la profundidad
          del Mar calmo
           
y en mi epitafio con tinta negra
          se lea: "Efímera"
          porque lo único pasajero en mí
          no fue el amor
sino aquellos a quienes olvidé







Imagen tomada de internet



viernes, 19 de julio de 2019

Círculo de Mujeres que se nutren, crecen y florecen


Les presento a Beatriz, ella nos cuenta quién es y de qué trata su proyecto con Mujeres, aquí, en el municipio de Mulegé.

"Nací del vientre de una mujer soñadora, emprendedora y de apariencia independiente. Un vientre cariñoso en el que se tejieron deseos, sentires y emociones; desde donde las historias resonaban y viajaban al manto acuático que me protegía. Al chocar en él se producía el sonido. 
Ahí viví por nueve meses hasta que un día me sincronicé con quien me dio la vida y entonces, fue que nací un 27 de enero a las 13:00 horas, en el hospital de un pueblito donde hace mucha tierra y viento, pero que en su nombre lleva algo sagrado, Guerrero Negro, B.C.S. Sí que me encanta su nombre.

Partí de mi hogar para emprender unas de las mayores responsabilidades, mi formación educativa en la licenciatura de Psicología. Desconocía las cosas a las que me enfrentaría. Sobre todo me enfrenté conmigo misma, o con la que pensé en ese momento que era Yo. Qué lío eso de volverte a conocer, aceptarte y desvestirte de los "detallitos" que se fueron adheriendo a tu persona. No diré impone la sociedad, la religión o la familia, o que éstas ya estaban inconscientemente desde antes de mi nacimiento, a estas alturas es por demás andar con culpas. Es mejor ser responsables de nuestra propia conciencia y soltar la historia "culposa" de nuestra falsa identidad. O más bien, la falsa identidad que se genera gracias a la culpa.

Llevo 11 años trabajando en mi formación, desde la manera más libre y salvaje. Eso se logra desde dentro, desde la intuición, desde el creer en el poder de una. Y es que en gran medida, todo lo que soy, lo que tengo y lo que no tengo, me lo ha dictado la intuición. La fidelidad que tengo para conmigo, nace de esa voz con la que habla el alma.

Mi formación no solo ha sido académica, es también trascendencia espiritual. Es mi libertad, creatividad y resonancia. Ser el viento y ser el mar. Seguir conociéndome y hacerme sabedora de mi propio poder.
De niña crecí con una frase que mi padre y madre me decían constantemente: “eres libre para volar”. Agradezco su frase motivadora aunque en su momento no entendí del todo. Incluso ignoraba a qué libertad se referían.

Ahora desde la responsabilidad de ser una Mujer, elijo los cielos que quiero para mí. Aún me estoy cocinando, esta vez desde mi propio caldero. Desde el pulso de mi energía femenina. Soy Mujer y mi nombre es Beatriz Beltrán Correa, soy la Hija, la Hermana, la Madre, la Amiga. Soy curandera, consejera, cocinera, tejedora y danzante; soy todo lo que deseo ser. Me gusta creer que mi poder no tiene límites, solo requiero de voluntad e intención. Me siento contenta con las herramientas que he ido tomando. La Psicología y Yoga -el cuerpo, la mente y espíritu- son las profesiones que me han elegido y yo a su vez, a ellas. Puedo decir entonces, que me han llevado al camino de mi resurgir o sanación, o como ustedes le quieran llamar.

“Mujeres que Nutren, Crecen y Florecen” surge de mi entrañas. Del dolor y la rabia que me sacude al ver y saber que las Mujeres estamos condicionadas a tolerar, aceptar y vivir la violencia. De ver a una Mujer sin energía, somatizando, deprimida y luchando diariamente con sus emociones y sus ganas de mandar todo a la fregada, sin atreverse porque no tiene una red de apoyo; o tiene que aguantar “porque esa es la vida que le toco vivir”. La formas de violencia son múltiples y estas fueron las historias diarias con las que estuve trabajando durante tres años en un instituto dedicado al mejoramiento de las Mujeres en situaciones violencia. Surge porque creo en las Mujeres, en el poder que tenemos, y si juntamos nuestra intención de sanarnos nosotras mismas, brotarán flores.

¿Saben? a eso le teme el sistema que mueve al mundo. Le teme a nuestro pulso, a la contracción que surge de nuestro útero. A la suavidad de nuestro cuerpo mezclado al salvajismo con el que tejemos nuestros anhelos. Le teme a las Mujeres libres y pensadoras. Si de una cosa estoy segura, es que no quiero que mi hija sea una esclava más. Yo también la quiero libre para que elija sus propios cielos. Por mi madre, por mi hija y por mí. Mi madre es el reflejo de mis antepasadas, yo soy el presente, mi hija el futuro. En su futuro deseo dejar la semilla armonizada con sus ciclos. Todo es un ciclo y nosotras no somos la excepción. No debemos sentirnos mal por nuestros cambios temperamentales.

Deseo que como Mujeres reestructuremos el sentido de quiénes somos. Por medio de estos círculos vayamos aprendiendo que la Mujer que está frente a mí soy yo misma pero con diferentes características e historias. Círculos donde movamos nuestra energía femenina, guiadas por la intuición y la creatividad. Donde nos hablemos y miremos a los ojos al mismo tiempo en que nos sentimos. Escuchar las historias de ellas, las que son iguales a mí y nos conjuguemos en un abrazo de hermanas. Nosotras somos las curanderas. Tenemos en nuestros brazos la pócima para hacernos sentir alivio, paz. 

Por eso “Mujer que Nutre, Crece y Florece” está hecho para nuestro despertar. A través del yoga y la meditación damos un viaje y reconocemos lo que nuestro útero es.
“Mujeres que Nutren, Crecen y Florecen”, ha sido creado para Mujeres. Ahí podemos dejar lo que no nos pertenece y hacernos responsables de lo que sí podemos cambiar. En este espacio se genera el respeto, sin jerarquías.

Estamos representadas por un círculo y este representa el cielo, la Luna , a la Diosa. Este círculo es un lugar donde se unen nuestras más puras intensiones, sentires, pensamientos y acciones, en la más completa libertad. Ser un solo sentir, un latido siempre palpitante. Un latido que ha sido poco reconocido. Aquí cada una descubre sus propios misterios, todos bellos. No obstante, para avanzar en este auto descubrimiento, necesitamos además de comprender, también honrar nuestra propia origen, naturaleza y reconocernos en ella.

“Mujeres que Nutren, Crecen y Florecen”, está hecho para ti, porque todas en algún momento nos hemos cansado de ser el contenedor social. Súmate y se parte de este círculo. Puedes hacerlo en tu casa, con tus hijas, vecinas, seamos nuestra propia red de apoyo, es tiempo de respetarnos y cuidarnos entre nosotras mismas.

Por último, regresé hace cinco años a la tierra salada que me vio nacer y desde entonces, he vuelto a ser despeinada por sus vientos y he escuchado su ulular todas las noches."

Gracias a Beatriz, muchas Mujeres encuentran un espacio dónde sentirse abrazadas, comprendidas, valoradas.
Sororidad, meditación y yoga, son tres herramientas fundamentales en este proyecto donde todas somos diferentes y a la vez una misma.

Patricia Valenzuela

jueves, 11 de julio de 2019

Sororidad: acto que salva




Ahora estoy aquí sentada tratando de escribir. Me cuesta tragar saliva, retener las lágrimas. No sé si de rabia o tristeza, dolor o impotencia.  Con la maldita opresión en el pecho que apenas me deja respirar. 
Hoy fue #DanielaRamirez, pero hace tiempo fue Mara y muchas otras mujeres las que han sido encontradas desnudas y mutiladas. Enterradas. Abandonadas en parajes como si fuesen un producto desechable. 
Maldita sea. No basta con golpear la mesa ni la pared. Todas mis emociones están contenidas, no pueden escapar de este cuerpo al que asfixian. Es claro que me sobrepasan. No fue suficiente correr todos esos kilómetros muy temprano. No, no lo fue.

Me considero feminista, leo sobre el tema y busco leer a todas esas mujeres expertas porque quiero aprender, quiero poder debatir con argumentos sólidos  y bien fundamentados. Quiero ayudar a construir un mejor país. Trabajo en mi reconstrucción como mujer. En mi acercamiento con otras mujeres de la comunidad. 
Busco relacionarme con feministas por todos los medios posibles, estrechar lazos de amistad aunque sea de manera virtual a través de las redes sociales.
Busco sentirme acompañada por ellas, porque este camino es árido y difícil. 
En ocasiones desespero, siento que no avanzo, que la información me rebasa, que otras actividades consumen mi tiempo y no leo todo lo que quisiera. 

Ha sido una mañana difícil. Leer la nota sobre un feminicidio más, es sentir como si esto se tratara de la ruleta rusa, que en cualquier momento pueden ser mis hijas las víctimas.
Pienso en el dolor de las madres de esas jóvenes y me quiebro. 
Pienso en la víctima, en su horas de horror y sufrimiento. En cómo un día salió de su casa para dirigirse a la escuela, trabajo, fiesta, sin imaginar siquiera que  sería parte de ésta mortal y aterradora estadística que consume a las mujeres en nuestro país y cuyo móvil, es el machismo y misoginia ancestral. Bajo la mirada impasible de un Gobierno patriarcal incapaz de crear estrategias que nos brinden la seguridad a la que tenemos derecho. Gobierno inepto y corrupto. Cómplice. 

Todo esto  no tiene sentido. Es peor que una pesadilla.

Y por si eso no fuese suficiente, leo en las redes no solo a hombres, a muchas mujeres burlándose del cuerpo de otra mujer, de la forma en que visten, de su peso corporal. Y quienes lo hacen, en otro momento se manifiestan sororas. Increíble. Qué farsa. Qué hipocresía. 
Lo creo de ellos, los hombres. No se cansan de denostar a cuanta mujer se les antoja. De burlarse del lenguaje inclusivo. Se creen seres perfectos y superiores. Pero de mujer a mujer; me enoja, me encoleriza. 
¿De verdad no se dan cuenta lo que pasa en México con nosotras?, ¿les divierte tanto los comentarios e imágenes que suben a las redes ridiculizando a otra mujer? No encuentro justificación para esas acciones. 
Deberíamos estar gritando, exigiendo en las calles, en las redes sociales, nuestro derecho a transitar libres y sin miedo. A vestirnos como se nos plazca. 
Deberíamos callar al macho cuando habla mal de otra mujer frente a nosotras. Enfrentarlos cuando acosa a nuestra compañera de clase o de trabajo. 
Deberíamos hacer muchas cosas juntas y unidas, menos atacarnos. Porque para eso están ellos, los machos-misóginos, pululando en las calles, taxis, oficinas, hospitales, parques, restaurantes, cines, playas. En todo lugar. Acechándonos.
Deberíamos mujeres, cuidarnos y protegernos.  

Hoy me siento cansada, enojada, asqueada, harta de toda esta mierda que las redes sociales exhiben contra la mujer. 

Sin embargo, como luz al final del túnel las veo a ellas, a esas otras feministas. Sé que ellas me entienden, porque se han sentido igual en otros momentos, tal vez ahora mismo. Porque tengo la certeza de que me abrazan en la distancia y todas nos acompañamos y lloramos y también reímos. 

Ellas me hacen fuerte. Gracias. 


"Si el estado tuviera perspectiva de género, si fuera entonces más democrático, no habría tolerancia social a la violencia hacia las mujeres y por lo tanto al feminicidio". (Marcela Lagarde)




Por: Patricia Valenzuela L.


miércoles, 3 de julio de 2019

La memoria de Consuelo y El Boleo


     En la historia las mujeres han sido muchas veces relegadas, la humanidad no ha sido justa y algunas han tenido que vivir al margen, a la sombra del apellido de un hombre, robándoles así una parte de su identidad. En la historia de nuestro pueblo esto no ha sido la excepción. 
Es la segunda ocasión que comento un libro que tiene que ver con Santa Rosalía y cuya protagonista es una mujer. Me resulta gratamente fascinante y sorprendente, porque estos textos han tocado fibras muy íntimas en mí. Estos textos además, dan muestra de la valentía, coraje e influencia que tuvieron estas mujeres en las vidas de sus compañeros, los rostros de la historia. Sin embargo, sin la presencia de ellas, esas historias no serían las que ahora se conocen. Puedo asegurar que esos hombres no formarían ahora parte de la historia de nuestro pueblo a no ser por estas mujeres. 
Así como hace unas semanas conocimos a Hélene André a través de sus cartas (http://tintanegrasr.blogspot.com/2019/05/una-mirada-de-mujer-helene-escalle.html) hoy es el momento de Consuelo; ambas, mujeres que el siglo XIX nos regaló. 
Un año antes de la muerte de la primera, otra luz se encendía para perpetuar y hacer brillar el camino de las mujeres en la historia de Santa Rosalía. 

María Consuelo Corona Encinas nació en Santa Rosalía el dos de diciembre, en la agonía del siglo XIX. De padre y madre de nacionalidad mexicana, se crió aquí mismo, bajo un sol agobiante, sobre áridos suelos. Tuvo una niñez tranquila, sin acontecimientos que la perturbaran sobremanera. Su familia vivió cómodamente ya que su padre se dedicó con bonanza al comercio. 
En 1934  Consuelo contrajo nupcias con un francés que había llegado en 1919 a estas tierras, para trabajar en El Boleo y tiempo después dadas sus aptitudes, fue nombrado Director de la compañía. Fue así como Consuelo se convirtió en la primera mexicana en casarse con un francés.
Sin lugar a dudas, eso le hizo menos difícil la vida a Consuelo, no obstante, a sus treinta y cuatro años su carácter estaba forjado. Deduzco entonces, que su inteligencia y madurez fue de lo que Augusto se enamoró para siempre.


Los textos contenidos en el libro "El Boleo en los diarios de Consuelo Corona de Nopper", que fueron transcritos por Gamaliel Valle Hamburgo de los cuadernos originales de Consuelo -su tía abuela-,   nos abren la puerta a la vida cotidiana de Santa Rosalía, en especial a la etapa final a manos de los franceses. Permiten a la imaginación viajar en el tiempo y ubicarnos perfectamente en cada lugar que Consuelo describe de manera simple y sencilla. Esas páginas dejan ver también el amor que le tuvo a su pueblo y a su gente. Así, Consuelo a través de la lectura nos toma de la mano para que atravesemos con ella el umbral del misterio, como le llamó al poder cabalgar a caballo y conocer los distintos ranchos y serranías, a la par que se dejó alumbrar por los rayos del sol, sobre parajes espectaculares.
Consuelo Corona atestiguó cómo los barcos alemanes se anclaron frente al rompe olas después de descargar el material que traían, así, uno tras otro. "La Guerra Mundial estaba en marcha", escribiría después en las hojas de sus memorias.
Cuenta de su experiencia al conocer al representante del emperador chino que vino a Santa Rosalía y lo que le impresionó su elegante túnica color azul, con un dragón bordado y un collar de piedras rojas.
Escribió del aire de fiesta que se vivía cada sábado de raya, cuando los trabajadores de las minas y sus familias freían chorizos, hacían tamales, menudo y tortillas de harina y por supuesto bebían mezcal.
De su experiencia en el desastre natural de mil novecientos treinta y nueve, cuando las lluvias causaron grandes daños y su impotencia por no poder ayudar más de lo que deseaba.
Cuestionó a los accionistas franceses por no venir; pensó que era el deber que tenían, estar aquí y ser testigos de la admirable obra que juntos, franceses y mexicanos realizaban en esta región tan lejana y hostil. Sin embargo, soy de la opinión que todas las personas que conocemos de la historia de El Boleo, somos conscientes de la desigualdad de condiciones que imperó entre éstos. Sobre todo entre los mineros mexicanos, chinos y yaquis. ¿Pero quién querría venir a éstas tierras? Se preguntó Consuelo. Fue para ellos más sencillo disfrutar a la distancia, entre el lujo y la opulencia, de las ganancias de tan duro trabajo, escribió en su diario.
Preocupada por el futuro de su querido pueblo una vez terminados los trabajo de El Boleo, pidió a uno de los funcionarios mexicanos que lo visitaron, hiciera todo lo necesario para que Santa Rosalía no terminara. Visionaria además, sabía que su pueblo guardaba un gran potencial y no dudaba en que podía llegar a convertirse en un centro turístico importante -visión que en la actualidad a muchas personas y gobiernos les ha faltado-.

Desafortunadamente las circunstancias la llevaron lejos de aquí, a mediados de mil novecientos cincuenta y cuatro, tenía 46 años, Consuelo se despidió no sin gran dolor, de su tierra.
Fue quizás uno de los momentos más tristes de su vida.


Este libro guarda las memorias de una mujer amante de la fotografía y los perros, fiel a su gente, la cual nunca dejó de añorar y preocuparse por ella.
Es sin duda una lectura que debemos darnos el tiempo de hacer. Conocer la historia escrita por una mujer que vivió intensamente y que murió lejos del lugar que la vio nacer sintiendo el mismo e intenso amor por él.



Lectura sugerida: "El Boleo en los diarios de Consuelo Corona de Nopper" (De: Gamaliel Valle Hamburgo y Catalina Balbuena Escobar, compiladores)

Fotografías cortesía de: Gamaliel Valle Hamburgo.



martes, 4 de junio de 2019

El Palmarito: un sendero olvidado



Saliendo de Santa Rosalía, cuarenta kilómetros al norte sobre la carretera Transpeninsular -Ruta 1-, se toma la desviación hacia la derecha en el ejido Bonfil y, sobre otros cuarenta kilómetros ahora de terracería, un camino custodiado por choyas, mezquites, cardones, palo blancos; espectaculares y enormes formaciones rocosas que dejan a la vista sus bien diferenciados estratos -donde el tiempo celosamente ha sido guardado-, se llega al valle de Santa Martha.
Sus pocos habitantes se dedican a la cría de ganado bovino, caprino y aves de corral. A la par de estas actividades, dedican tiempo a ser guías turísticos. Sí, porque en Santa Martha existe uno de los más espectaculares sitios de arte rupestre registrado en el municipio de Mulegé: El Palmarito. 

Para acceder a las pinturas rupestres "El Palmarito o Cuesta del Palmarito -como también se conocen-, tienen de preferencia que contactar al guía con anticipación, lo que pueden hacer a través de la página en Facebook: https://www.facebook.com/santa.martha.1481. Así éste ya los estará esperando y le ganarán un poco de tiempo al sol que conforme avanza el día se muestra implacable. 
El guía es fundamental en este viaje, porque es él quien los ayudará a llegar. Además de que es requisito indispensable su acompañamiento. Así que, una vez en San Martha, deberán dirigirse a casa del señor Patricio, Custodio del INAH, para registrarse en el libro de visitantes y pagar la cuota de setenta y cinco pesos que les dará el derecho de acceder al sitio. A cambio obtendrán un boleto con el que podrán iniciar su colección -así lo hice yo-, ya que después de esta experiencia segura estoy, no podrán dejar de visitar otros sitios de arte rupestre.


Continuando, desde ese punto se trasladarán en vehículo unos tres kilómetros por una accidentada brecha hasta llegar justo donde iniciarán a pie el ascenso. 
Déjenme decirles que no sólo son las pinturas las que sin duda disfrutarán; el paisaje desde que se toma la desviación en la carretera Transpeninsular es digno de admirarse, y aunque puede parecer común a todos los caminos que llevan a cualquier otra sierra, ésta, la de Santa Martha recibe, abraza, toca, penetra. 
Algunos de sus caminos podrán ser casi intransitables, sin embargo, son los saltos que uno da al avanzar en vehículo, las vibraciones de un poderoso corazón que vibra bajo su ambigua tierra. Los cantos de los Cochimíes, sus danzas,  que dan la bienvenida. 

La caminata es de una hora a un "buen paso", con pequeños descansos que sirven para hidratarse, tomar aire y deleitarse con la impresionante vista; vasta. Para escuchar a los distintos tipos de aves que con sus cantos saludan e invitan a continuar. La pendiente del sendero no es tan pronunciada.      Se abre paso entre matorrales y mezquitales. Cruza arroyos por los que en tiempo de lluvia el agua corre de manera vertiginosa y en otras ocasiones son azotados por la asequia. Así se avanza, poco a poco siguiendo al guía que cuenta historias, responde preguntas y nos anima diciéndonos "ya falta poco".


Todo vale la pena: el sol agobiante, el cansancio, el tiempo invertido, todo. Porque a varios metros todavía de distancia, al alzar la vista, se alcanza a observar la imponente bóveda que alberga la historia de los antiguos Californios. Entonces un nuevo brío invade todo el cuerpo, una chispazo eléctrico aviva los ánimos y el  paso se agiliza haciendo a un lado la fatiga. Por fin, unos pasos más se inicia el ascenso por las escaleras de madera, ahí un viejo torote parece cerrar el paso. Él es quien celoso resguarda la historia de miles de años que estamos a unos minutos de contemplar. 

Lo que sigue es indescriptible, por lo general la mayoría de las personas que visitamos estas pinturas nos formulamos preguntas muy similares, las respuestas son las más variadas, porque en esto todo es más que nada, interpretativo. Nadie nunca podrá descifrar todo el misterio que guardan, el por qué fueron pintadas y sobre todo por quienes. 
Así que no queda más que observar, observar y dejar que el pensamiento y la imaginación hagan lo suyo. 

Alguna información dice que estas pinturas son las más antiguas, todavía más que las de San Borjita, que existe la imagen de una figura femenina fechada 9200 años antes del presente. 

El Palmarito forma parte del estilo "Gran Mural", junto con las de San Francisco de la Sierra.

El descenso para regresar es tan sencillo. Silencioso, con menos barullo. Más íntimo. 
La persona camina absorta en sus pensamientos, rumiando imágenes, tratando de descifrar, de armar el rompecabezas. Extasiada del misticismo de "allá arriba".
No hay imaginación suficiente ni inteligencia que sirva para tanto. 




En Santa Martha sus habitantes tiene necesidad de trabajar para sobrevivir. Ellos saben ser guías, les gusta contar la historia de su origen, su tierra y comunidad. Si visitamos las pinturas rupestres les damos esa oportunidad, además de conocer nuestro pasado y maravillarnos con lo que en el año de 1993 fue declarado por la UNESCO, Patrimonio Cultural de la Humanidad.


"Ellos estuvieron aquí y este es su legado".

Lectura sugerida: Historia y arte de la Baja California, de María Teresa Uriarte. ISC

Imágenes de: Patricia Valenzuela/Edgardo Maya.

lunes, 20 de mayo de 2019

Una mirada de mujer; Hélène Escalle.


Vine a vivir a estas tierras tan llenas de sol y desolación, sólo por el inmenso amor que sentía por Pierre, mi amado esposo. A él le tocó cumplir la dura y difícil encomienda de echar a andar El Boleo, era el año de 1885.

Me llamo Hélène Escalle y mi único deseo al escribir, fue mantener el lazo de amor con mi familia y amigos que quedaron atrás, en mi bella y añorada Francia. Las cartas fueron entonces, el único medio posible.
Durante mis días fui testigo del progreso tan importante que experimentó un pueblo que brotó entre el cobre, en el más árido de los desiertos, acogido por lo poderosos brazos de un sol inclemente. Así, en estas 24 epístolas revivo desde otra mirada, lejos de la de los hombres, mi mirada; la vida y costumbres de una raza hasta ese momento extraña para mí.

Durante los dos años que permanecí en El Boleo, no tuve mayor consuelo que escribir, arrebatándole tiempo al tiempo para lograrlo -ya que todo lo contrario de lo planeado, tuve que inmiscuirme en tareas no propias de mi clase social-. Cartas que el Korrigan se encargó de llevar a su destino a través de un mar a veces calmo, otras intempestivo. Algunas veces falló, pero siempre hubo otros aunque más pequeños, que cumplieron la enmienda, llevando así mis letras a sus destinatarios. Imaginen pues lo que significó para mí ese barco.

Al llegar aquí me enfrenté a cosas inimaginables, yo, una mujer acostumbrada vivir en la comodidad, amante de las tertulias, la música clásica, de tocar el piano y de la magnífica comida francesa. Mis esfuerzos por adaptarme a esta vida parca y monótona fueron mayúsculos: Había que racionar el agua, lavar y planchar para evitar que los inconformes causaran problemas a Pierre. El hecho de contar con tan pocas personas con las cuales poder entablar una conversación interesante, me hizo con demasiada frecuencia añorar mi reciente y arrebatada vida en Francia. Sin contar con el agobiante calor.

En este lugar tan apartado del mundo el sol de verano se mostraba siempre implacable, pese a ello, las excursiones que realicé a la pequeña Santa Agueda, las disfruté mucho. Empezando porque la travesía la hacía en mula, atreviéndome en ocasiones a trotar y hasta cabalgar. O los viajes que hice en tren hacia Providencia, de los cuales mis vestidos no salieron bien librados. En esos viajes “ver gentes tan felices a pesar de tanta pobreza, vestidos de manera tan precaria, las mujeres con sus vestidos de indias, sus trenzas y sus pies desnudos, me causó extraña sorpresa. Así como observar a las mujeres ocupadas todas en hacer una masa con la que elaboraron lo que llamaban tortilla. Contemplé sus costumbres religiosas: altares decorados por las mujeres indias con muchos moños de tela sujetos con alfileres, espejos de diferentes dimensiones, grabados, entre muchas otras cosas más. Un poco pagano a mi gusto. En fin, una actitud que rayaba en el fanatismo, era la de esa raza india.
Otro de los ritos que me asombraron, fue el de seis indios que ejecutaron una serie de pasos y gestos, cuya cadencia estaba guiada por el talón. Llevaban una especie de casco animal sobre la cabeza, una camisa muy blanca, un pantalón resplandeciente. Un cinto rojo y negro formaba la parte delantera. Con la mano derecha llevaban el ritmo golpeando una pequeña calabaza llena de balas, ejecutando una música monótona, pero menos agradable y rítmica que la de los violines hechos por los indios.

En El Boleo observé cielos tan llenos de estrellas que bien podía haberme sumergido en sueños sin fin. Me gustaba el mar en calma, y las nubes me dieron muchas veces la impresión de ser pequeños peces coloreados. Cuando el Korrigan arribaba y la correspondencia me era entregada, mi corazón rebozaba de alegría y mi mente pensaba: “que bien se prueba en el exilio, el no sentirse olvidada”. Las cenas se organizaban para celebrar bienvenidas, algunas despedidas, o para halagar a invitados especiales que visitaron por primera vez El Boleo. Estas me llenaban de regocijo. Fueron oportunidades perfectas para recrear ese ambiente tan añorado. Las tertulias, la cenas y bebidas abundantes, sirvieron de respiro y mitigaron un poco la ansiedad de un deseo hasta ese momento no cumplido, el regreso a mi patria. Bailar, cantar, tocar el piano, escuchar música clásica, poesía, todo parecía perfecto.

Por otro lado, la estancia en este pueblo también mermó el carácter de Pierre, se convirtió en una persona más sombría, de carácter gris. Eso no fue mas que por la carga que sobre sus espaldas llevó, al dirigir los pesados destinos de El Boleo. Y a nadie le preocupó tanto esa situación, como a mí.

En las largas y extenuadas cartas que escribí, se me fueron dos años de vida, ¿para qué? A finales de 1888 tuvimos que salir a toda prisa de El Boleo, justo cuando el invierno se dejaba sentir más crudo, todo a causa de una injusticia de la cual fue víctima Pierre.

Sólo penas y tristes recuerdos nos quedaron de este lejano lugar. 

Fue difícil recuperar la estabilidad económica, volver a formar un hogar, reunir a mi familia allá en Francia. Por desgracia Pierre murió mucho antes que yo, y desde entonces me mudé a vivir con una de mis hijas. Hasta que el 8 de septiembre de 1920 frente a mi mar, mi alma se desprendió de mi cuerpo en un último aliento, llevándome los recuerdos del pueblo que se abrió paso en medio del más inhóspito desierto, de sus indios Yaquis, su gente mestiza, recios todos y cuyo sudor mojó estas tierras a la cual se aferraron.




Lectura recomendada: Una mirada de mujer sobre el mineral El Boleo: las cartas de Hélène Escalle 1886-1889.

Fotografía: Edgardo Maya Martínez LDI

jueves, 9 de mayo de 2019

La víspera



Me encuentro en la víspera de mi cumpleaños, si, mi madre me trajo al mundo vía parto vaginal un diez de mayo. Mientras la mayoría se preparaba para asistir al festejo de sus crías en las escuelas, ella sufría los dolores de parto para, a las nueve treinta de la mañana en una clínica del IMSS de la ciudad de Mexicali, dejarme ver la luz de este mundo, ahora tan hostil. 

Para celebrarlo he planeado darme un regalo muy especial. Mañana saldré a correr sobre el camino que lleva a Santa Águeda; son trece km –partiendo de la carretera, hasta donde está una pequeña capilla-. Bueno, el caso es que hace un par de meses sobre ese mismo camino recorrí 15,6 km y mañana quiero dar mi máximo esfuerzo por superar esa marca y por qué no, completar los 21. Ambiciosa, ¿no? Tal vez.

Quiero celebrar así un año más de vida, porque siento que la vida se me va y no quiero que eso pase sin haber hecho tantas cosas que me gustan.
Miedo, nostalgia, alegría, son las emociones que me atraviesan y no hallo como canalizarlas.  Estoy segura que corriendo podré hacerlo. O tal vez escribir -lanzar al viento virtual mi catarsis- ayude también a sacudirme la nostalgia que me tiene bien agarrada ahora. 
Lanzo pues un pedazo de mí envuelto en letras.  

Ha sido un buen año, me siento contenta. He logrado realizar varios proyectos, he viajado, tengo una familia divertida y unida Estoy sana y con energías de seguir con proyectos personales, familiares y para la comunidad. De verdad, la vida me ha tratado muy bien y quiero creer que sí lo merezco, porque me he esforzado por ser una buena persona -ciudadana, pediatra, amiga, compañera de trabajo, mamá y pareja-. Sobre todo he sido buena conmigo, me he querido y de ahí parte todo.

Ayer por la mañana antes de salir a trabajar, mientras me preparaba para ello, me vi en el espejo y examiné mi reflejo y sí, mi piel ya no es tan firme y en mi cabeza empiezan a sobresalir cabellos blancos. Tragué saliva y me entristecí. No les miento, no me gusta estar envejeciendo, sin embargo, tampoco me gustaría ser como era hace 10 o 15 años. 
Me gusta la mujer que he deconstruido, me gusta mucho.

Mañana –en especial- quiero abrazar a las personas que amo, comer mucho pastel y seguir agradeciendo al Universo la oportunidad de vivir, pensar, soñar.

No pido nada, pues ya lo tengo todo.


"Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma".   Anaís Nin (1903-1977), Poeta. 

miércoles, 3 de abril de 2019

Indeleble Tinta Negra


Pensamientos

al filo de la vorágine

dolor inscrito

en un par de letras

cuerdas vocales

que se cierran

 

pulsiones de melancolía

contenidas en

contradictorio enjambre

 

venas

que

se agrietan

se colapsan

se besan

agónico y fatal

romance

 

brillo clavado

en mi mano izquierda

libélula indeleble

con tinta negra 

alto vuela