jueves, 20 de mayo de 2021

Encuentro místico

  

 La primera vez que pude ver de cerca una ballena gris fue hace siete años. Entonces mi corazón se transformó en un tambor batiente que vibró dentro de mi pecho de manera incesante.

A las ballenas me gusta llamarles “Seres”, siento que poseen un aura única muy especial. Pues bien, cuando vi a esos Seres hermosos acercarse, la sangre se me heló de temor y emoción. Los vi rondar la embarcación y de pronto ¡zas!, asomar su cabeza para observar con curiosidad a esos otros seres que íbamos dentro de la lancha. Me dio la impresión que sonrían al vernos. 

Si verlas es genial –y con esto el viaje ya ha valido la pena- tocarlas es, además de un plus, de las experiencias más maravillosas que pueden existir en la vida de cualquier persona. Bueno, aunque se recomienda abstenerse de ello, la verdad que es muy difícil resistirse y no hacerlo. 

Establecer contacto con una ballena gris por algunos momentos (por lo general segundos) ha marcado mi existencia de  manera profunda. Ha sido en encuentro sensorial y místico. La primera vez me pregunté (sigo haciéndolo): ¿cómo uno de los mamíferos más grandes del planeta puede tener ese comportamiento tan noble y amistoso?, ¿por qué se muestran tan abiertas? Observarlas girar, entrar y salir, ver los chorros de agua a través de sus espiráculos, sus barbas cuando abren la boca, ¡son como nuestras mascotas caninas al jugar mientras las acariciamos! Al fin mamíferos, también.  

Me gusta pensar que la ballena gris tiene conciencia y que a través de lo que hacen saben perfectamente lo felices que somos al admirarlas. En lo personal (aunque he visto cómo otras personas lo hacen también) me gusta hablarles como si fuesen bebés e imaginar que responden a esas muestras de cariño saliendo a la superficie. El contacto con una ballena gris me inspira a dejar salir a mi niña interior tan reprimida por la cotidianidad de los días. Dejo maravillarme y sorprenderme por ellas. Me atrevería a asegurar que no soy la única. Todas las personas que en esa travesía compartimos la embarcación, reímos, platicamos emocionadas y nos relajamos. Nos olvidamos de las preocupaciones y problemas para concentramos en ellas, de los Seres más increíbles que habitan el mar. 

Cuando asoman su cabeza y uno de sus ojos se cruza con mi mirada, lo percibo como un instante muy especial y único; tanto que quisiera poder detener el tiempo y congelar la imagen. Dos especies mamíferas tan distintas en contacto visual. Nada más fantástico .

El agua fría del Pacífico en Laguna Ojo de Liebre, aquí en el norte del municipio de Mulegé, es el hogar de las ballenas grises. Acuden puntualmente cada año en un viaje desde Alaska, para dar a luz a sus crías hasta que estas son suficientemente grandes para iniciar el viaje de retorno. De diciembre a abril, cinco meses bastan para ello. Este acontecimiento tan significativo pone de fiesta a una comunidad para la que el turismo de aventura es de las principales fuentes de empleo y cada temporada se prepara para recibir a cientos de visitantes nacionales y extranjeros que hacen largos viajes con este fin.

Guerrero Negro, situado justo en el Paralelo 28, se llena de orgullo al acoger en sus aguas a este mamífero que en un principio hace millones de años fue terrestre, y cuya evolución lo llevo a convertirse en lo que hoy conocemos. 

La ballena gris es el huésped distinguido de esta comunidad salinera. Las aguas de Laguna Ojo de Liebre, es la cuna donde nacen decenas de crías, por lo tanto, podemos presumir que la ballena gris es orgullosamente mexicana.  

¿Cómo no estar enamorada de ellas? ¿Cómo no sentirme agradecida con la vida por la oportunidad que me ha brindado de poder interactuar con semejante Ser? 

Realizar el avistamiento de ballena gris, se convierte a la vez en un viaje que invita a la reflexión.  En lo personal, me hago consciente de lo pequeña que soy y de lo soberbia que puede ser la humanidad con su misma especie y con otras, al no cuidarlas, al dañarlas. Con el medio ambiente en general, al no preocuparnos por reciclar, por dejar de usar plásticos. Por quemar basura, desperdiciar el agua, por no respetar la veda de las especies en peligro de extinción, en fin, por muchas cosas más. 

Vivir la experiencia de ver de cerca a la ballena gris, sobre todo en su hábitat natural, me invita a hacer una pausa y repensar –me-. Cuestionarme qué estoy haciendo bien y qué no, por la vida animal y en otros aspectos de mi vida. Es decir, fue a la par un viaje introspectivo.Me emociona mucho escribir sobre mi experiencia con la ballena gris. Me gusta poder compartir mis sentires con quienes me leen.

La invitación queda abierta pues, a que se den el tiempo (si no esta temporada sí las venideras) de obsequiarse la oportunidad para hacer esta travesía, sobre todo si viven en Baja California Sur. No podemos amar ni proteger lo que no conocemos. No podemos hablar y recomendar lo que no hemos experimentado. 

Y por último algo muy importante que no hay que perder de vista: cuando decidan hacer el viaje para avistamiento, elijan una empresa responsable no solo con ustedes como turistas, sino con la vida y el entorno de nuestras amigas las hermosas ballenas grises.  


Gigante del mar: 

Eschrichtius robustus es 

la ballena gris.


Fotografía cortesía de: @MariosTours

 


Entre el presente y la nostalgia



Al rememorar mi vida, indiscutiblemente vienen a mi mente las imágenes en las que de niña solía jugar en la calle, sin cercas delimitando el patio, ni puertas con candado o alarmas y cámaras de vigilancia observando siempre. Sin celulares. Época en la que para localizar a mamá o papá por ejemplo, tenía que llamarles a un teléfono fijo del lugar donde estarían y de no encontrarles dejar recado con quien contestara. 

Dentro de ese cúmulo de recuerdos están los de una bicicleta despintada, un poco vieja. Me veo pedalear, levantar la llanta delantera por segundos interminables. O soltando las manos del manubrio. En ese cúmulo de recuerdos también está mi par de patines y la patineta amarilla. 

Los patines de fierro y cuatro llantas que colocaba adaptándolos al tamaño de mis zapatos. Nunca pude tener unos como los de mi prima; bota, blancos, freno de bola en frente. Soñé tanto con ellos. Sin embargo, con los que tuve y pesar del chirrido que emitían, brinqué topes, di giros en el aire, recorrí las calles de la colonia en compañía de primas y amigas. En la patineta me sentaba para que mi mejor amiga se apoyara sobre mis hombros y empujara fuerte, dejándome ir por la pendiente a dos cuadras de la casa. En esa infancia jugué a las canicas sobre tierra suelta, a las escondidas en la oscuridad de la noche. Al bote, a las cebollitas y bebeleche. Corrí y salté bardas junto con niñas y niños de mi misma edad y que vivíamos en el mismo vecindario.  

No pudo faltar el futbol en la calle con porterías delimitadas con piedras, donde el juego se detenía solo cuando el camión de ruta o cualquier otro automóvil sonaba su claxon para gritar que nos moviéramos. Por otro lado, todavía puedo escuchar nuestras risas los días de lluvia mientras saltábamos charcos, los gritos alrededor del señor y su puesto ambulante, pidiéndole los churritos o la fruta con chile. Un raspado de ciruela, mi favorito.

Me causa gracia recordar que jugué maquinitas con el dinero que gané vendiendo periódicos en el boulevard, siempre en bola, con la plebada.

Con el tiempo todo eso cambió. La vida empezó a hacerse un poco más seria, supongo.Vino la adolescencia y con ella la secundaria. 

Los talleres de tejido y corte y confección que odié. Tal vez porque me costó mucho adaptarme a las indicaciones de la maestra.  Siendo zurda todo me parecía imposible en un mundo diestro. Nunca dije nada y la  maestra no se preocupó por preguntar qué me pasaba, por qué tantas dificultades para aprender. En la mecanografía me fue mejor. 

Poco a poco me fui desprendiendo de cada una de mis amigas del barrio, ellas también de mí, supongo que nos sentimos engullidas por las responsabilidades. Así empezó el distanciamiento. En primer año me gustó uno de tercero. Embelesada lo veía (como muchas) de lejos sin que él se diera cuenta. Fue mi amor platónico hasta que se graduó. Años más tarde nos conocimos y tratamos un poco. 

Siguió el bachillerato. Un ir y venir en camiones de ruta que recorrían media ciudad. Dos camiones de ida, otros dos de regreso. Yo sentada rebotando en cada bache. No fui una alumna brillante. El tormento de las matemáticas siguió. En ese lapso tuve mi primer novio con el que me mantuve cinco eternos años. Padecí las miradas que desaprobaron mi corte de cabello. Inicié a escribir diarios a escondidas debajo de las sábanas. Escuché rock a todo volumen. Me sentí desplazada por el novio de mi mejor amiga. Tuve muchas diferencias con mi madre. Encontré verdadero consuelo en las letras. 

Sentirme poca cosa, relegada, fea, tonta. Llorar a solas. Era el orden del día.  

Soñé desierta y dormida con el amor, con ser importante, querida, aceptada, valorada.  Así giraron mis días en esa época. En un abrir y cerrar de ojos pasé a una licenciatura de tiempo completo. 

Clases, clínicas, hospitales, morgues. Con bata blanca y mochila al hombro viví los siguientes diez años de mi vida.

Viaje por primera vez sola en camión y en avión. Me enamoré  de “verdad” varias veces, todas fallidas. Bailé mucho e igual me embriagué. Dormí fuera de casa estudiando y otras no, a esa hora después de una fiesta ya no había camiones de ruta que me llevaran. Algunas ocasiones mi padre fue por mí a las tres de la mañana. En este tiempo conocí a una de mis más entrañables amigas (que todavía conservo). Reímos mucho. El hospital fue nuestra casa. El servicio de urgencias, de gíneco, el quirófano, los lugares donde pasamos más tiempo, con mucho trabajo pero felices. Éramos tan jóvenes. El amor y la amistad cabían ahí, entre infartos, curaciones y partos. El servicio social me separó de mi amiga. Después vino la especialidad y mi casa siguió siendo la posada en la que se había convertido, donde solo llegaba a dormir y comer, en ese orden.  Me gradué. 

Dejé la ciudad donde nací. Dejé todo. Lloré mucho cuando partí de mi ciudad dejando la pequeña habitación que me dio cobijo y resguardo. Dejé a mi madre y a mi padre con la mano en el aire diciéndome adiós. No volví a bailar. 

Conocí el mar con el que soñé toda mi infancia y adolescencia y del cual me enamoré loca y profundamente. Encontré trabajo, o mejor dicho el trabajo me encontró a mí. Me convertí en madre. Descubrí otras libros y lecturas fuera de los de mi profesión. Me construí una fortaleza. En el Pacífico, entre la sal, dunas y ballenas, encontré a mi compañero de vida.

Y aunque rememoro a veces con nostalgia esa vida pasada que parece en ciertos momentos tan presente, me siento mucho más feliz ahora. A pesar de la telefonía celular, las redes sociales, de toda la tecnología que me absorbe y me roba tiempo. Que me invita a procrastinar en ellas.

He leído una cantidad de libros que en esa infancia y adolescencia no imaginé.  Escribo, no debajo de las sábanas, sino en un hermoso escritorio que recibí como regalo en uno de mis más recientes cumpleaños. Al hacerlo saco todo lo que me atraviesa. He dejado plasmado en papel mis poemas, sin importar si me leen o no, si gustan o no. 

He viajado. Conozco otros mares, regiones tan bellas como inhóspitas. Volado en una tirolesa sobre el desierto o el mar. Compartido momentos íntimos con las montañas hegemónicas envuelta en el silencio.

Colecciono figuras de los lugares que visito. Aprendí y soy buena para formar palabras en el Scrabble. Descubrí el amor incondicional en cuatro perros y me he descubierto amando a una pequeña gata de hermosos ojos azules. 

Vivo en plenitud. Siento que la vida no me debe nada. Todo lo importante me lo dio y ha dado a su tiempo. Vivo una vida no imaginada en mi infancia.

Entendí que la vida es más que un número. Que la vida son los sueños que se logran, las palabras que se escriben, las almas que se tocan. 

Acepto amorosamente mis años, mis arrugas, las canas que empiezan a habitar mi cabello, el desgaste de mi cuerpo. La  desmemoria de no saber donde dejo las llaves.


"El recuerdo también es una experiencia"  Annie Ernaux

 

El Chute: viejo guardián


 

Santa Rosalía posee una arquitectura única, mezcla francesa-inglesa, que le concede características inconfundibles y únicas, con respecto al resto de los pueblos del municipio de Mulegé y del Estado de Baja California Sur. Esto se debe a que en 1885 la compañía minera El Boleo, de origen francés, inició actividades industriales de extracción de cobre. Así nació, sobre el desierto inclemente, voraz y abrasador, un pueblo que en poco tiempo cobró tal relevancia a nivel internacional, que fue considerado de los principales puertos exportadores en México, en ese entonces bajo el gobierno de Porfirio Díaz.

La presencia de El Boleo le dio a la par de desarrollo económico, desarrollo arquitectónico. En Santa Rosalía fueron construidos bellos edificios donde residieron y laboraron tanto ingenieros como administradores (todos franceses). Además, tuvo la ventaja de que antes de terminar el siglo XIX, la comunidad ya contaba con energía eléctrica, sistema de telefonía y ferrocarril, siendo de las primeras en el país en contar con estos servicios. Por tal motivo y a causa de su vasto patrimonio edificado, años después, el 5 de diciembre de 1986 por Decreto Presidencial, Santa Rosalía fue declarada Zona de Monumentos Históricos.                 

Dentro de estos monumentos se encuentra el chute; estructura de madera cuyas dimensiones aproximadas son:  15 metros de alto x 8 metros de ancho.En el chute se almacenaba a través de conductos provenientes de la Fundición, los desechos del cobre (escoria), para posteriormente vaciarlos en barcazas transportadoras que los vertían mar adentro. Es decir, el chute tiene más de cien años erigiéndose sobre esta tierra. Fue testigo de horas de arduo trabajo a altas temperaturas y de condiciones indignas para los que ahí laboraban. De la presencia de barcos alemanes anclados en nuestras costas debido a la Primera Guerra Mundial, impedidos para regresar a su lugar de origen. De la ira de la naturaleza. Del agua que arrasó con todo a su paso.  De la orfandad de un pueblo al ser abandonado por sus fundadores. Sin embargo, también testigo de la fortaleza de su gente. Del resurgimiento de un pueblo aparentemente desahuciado, que terco y obstinado logró salir adelante. El chute omnisciente y callado atestiguó cómo Santa Rosalía dio cobijo a yaquis y chinos; cómo se mezclaron genes, razas y culturas para formar una civilización cosmopolita, en medio del árido desierto sudcaliforniano, acariciado por las aguas bermejas del Golfo de California. Ahora el viejo guardián pende como hoja de un árbol en pleno otoño.

Hace dos años diversas instituciones gubernamentales, asociaciones civiles y particulares, iniciaron un proyecto para restaurarlo, para rescatarlo del abandono en el que se encuentra; sin embargo, este no prosperó.                                                                                                                                                               

¿Quién debería tomar las riendas de este asunto? ¿Qué esperamos como sociedad civil para hacernos cargo?                                                                                                                                                                      Si en realidad nos importa preservar la historia tangible de nuestra comunidad, no estaría mal organizarnos sin fines de lucro, político ni de ningún otro tipo. Dejar el protagonismo de lado e iniciar de nueva cuenta el rescate de uno de los edificios históricos más emblemáticos de la época del antiguo Boleo y actual.                                                                                                                                               Sería incomprensible contarles a nuestra familia y amistades, que tuvimos la oportunidad de hacer algo por no ver desplomado el chute y no lo hicimos. Porque tras su derrumbe no solo quedará el vacío físico, sino también el histórico. Ojalá las autoridades correspondientes dirijan su mirada hacia el viejo chute y le otorguen la importancia histórica que amerita, no vayan a querer hacerlo cuando sea demasiado tarde (si no es que ya es así).                                                                                                      En lo personal, me parece hasta peligroso deambular en su periferia. Así como ponemos la vista en otras desgracias que pudieron haberse evitado, no eludamos lo que el chute representa en todos los contextos. No solo miremos la paja en el ojo ajeno.                                                                                 Santa Rosalía es un bello pueblo con un patrimonio cultural invaluable. ¿Cómo puede ser más valorado por quienes lo visitan? ¿Será que la costumbre nos ciega? ¿Es apatía y desinterés lo que nos impide hacer algo?  ¿Estamos embebidos en nuestro pequeño mundo particular, que lo que suceda en lo colectivo no nos interesa?                                                                                      

¿Es en realidad el chute solo un montón de madera vieja?


Hegemónico

héroe casi caído

le llaman Chute.


(Patricia Valenzuela)