jueves, 31 de diciembre de 2015

Imaginarte.





No, no es que no me guste verte -como evitarlo-, ni hablarte -si mi voz solo sabe pronunciar tu nombre-, ni escuchar tu respirar -si mi aliento desea confundirse con el tuyo por las madrugadas-, ni el sonar de tu risa -si me afano en decir tonterías-.

No es que no me guste la manera en que fumas ni como bebes. No, no es eso. Si a diario deseo ser yo a quien inhales, ser yo quien te moje por dentro en cada trago.

Es solo que prefiero imaginarte entre mis labios secos, ávidos de tu saliva, elixir de mi obcecado placer.

Prefiero concebirte enredado en mis cabellos sueltos y dispersos sobre las sábanas blancas. Mientras tú, como presa salvaje, indómito; retozas y cabalgas entre los llanos y colinas de mi cuerpo. Hasta terminar subyugado, rendido en el lúbrico y recóndito pantano de la lascivia.
O anclado en el profundo mar de esta pasión que me abrasa y me rebasa. Saberte entre mis muslos -espacio virtual de tu deseo-  impaciente, penetrante, agonizante. Dejando en mí, la estela viscosa de lo más íntimo de tu ser hegemónico y fascinante y único y etéreo.
Y en ese visualizarte callado y desarmado, abrazado a mi cuerpo; también sentirte, húmedo y tibio, a la vez que te admiro, te susurro, te agradezco.

Es por ello que te pido me dejes seguir imaginando –te-. Ahí, en mi idealización por ti, no hay cabida para reclamos, no existen resquicios por donde se filtren tu inseguridad y tu absurda celotipia, certeros dardos que me quebrantan y cerceran.

Mientras imagino, tratemos de llenar el abismo insondable en el que caemos cada noche antes de dormir, en la espacio formado por nuestra  –todavía-  cama.


Imagen de: Toulouse lautrec carteles.




jueves, 24 de diciembre de 2015

Cuarto de hotel.


La encontró ahí, en la cama del  hotel donde la dejó unas horas antes de salir, molesto, después haber tenido ambos una discusión.
El cuerpo era el mismo, el de su mujer sin duda. La misma fineza de su figura, el mismo tono de su piel. Todos los lunares que muchas veces le había contado seguían en el mismo sitio. La cicatriz de la espalda -brillante, delineada como cordillera, altiva- que tantas noches besó y que para él era como un campo magnético, se mostraba sin pudor.  
Todo a cierta distancia parecía igual. Excepto por la extrañeza de su mirada. Esos ojos en los que tantas veces se reflejó y que no hace mucho lo habían enamorado, estaban ahora perdidos. Fijos, muy abiertos, como si gritaran el nombre de él, llamándolo. Y por la mancha rojiza que abarcaba gran parte del colchón, todavía húmedo.  Todo en el cuarto estaba lleno de silencio. 
Recorrió por unos instantes toda la habitación, escudriñándola, mientras una sensación de vértigo lo envolvía. Al volver su mirada a ella y observarla con más detalle, descubrió que junto en su mano derecha ella tenía el móvil. De pronto, como un chispazo, recordó que había apagado su teléfono al salir de la habitación, tras el portazo. Con evidente nerviosismo lo encendió y de inmediato entraron una serie de mensajes que leyó con gran esfuerzo, pues sintió una fuerte punzada en el pecho, como si el aire se le escapara. Todos los mensajes  eran de ella y  decían:

8:37 p.m.
<<Hola: lo siento de verdad, mi intención no era herirte. Ambos perdemos el control con facilidad, será mejor que hablemos con calma. Por favor.>>

8:45 p.m.
<<¿Por qué no me contestas?, ¿sigues enojado?  Hablemos por favor, sin recriminaciones. Sé que ésta relación no ha sido fácil, ¿pero quién dice que el amor lo es?

8:56 p.m.
<<Te quiero. Regresa por favor. Démonos una oportunidad más. Estoy segura que tú también lo deseas.>>

9:15 p.m.
<<Qué bueno que regresas, ya escucho tus pasos subir las escaleras. No te arrepentirás,  verás que pronto todo esto queda en el olvido. Seremos felices.

9:17 p.m.
<<Tengo miedo, ¿por qué no llegas? Alguien toca la puerta y trata de abrir. Ven pronto por favor. ¿Por qué me dejaste sola?>>

9:20 p.m.
<<Ayúdame>>