miércoles, 2 de noviembre de 2016

Eleazar y Carmen



Los dos se fueron; cada uno a su modo y por su lado. Egoístamente, cómo lo hacen todos. Sin pensar absolutamente en nada.

La personalidad de cada uno afloró hasta el último día de sus vidas.

Él, cortó de tajo su existencia, sin autorización ni consentimiento de nadie. Voluntariosamente, sí, muy a su estilo. Terminó de sopear el pan que había hundido en la taza de café y ni adiós dijo. No se tomó la molestia de despedirse. ¿Para qué? Imagino que se habrá preguntado. Se dejó, simple y de manera llana, caer sobre el abismo de un suelo frío y duro. Lo recibieron las baldosas mirándolo de frente, sin  esquivos. No sé porqué me extraña tanto, siendo como era. Siempre impulsivo.

Ella, todo lo contrario. Lo hizo de manera más meditada, lenta y concienzuda. Muy a su pesar.
Dio tiempo a que casi todos nos despidiéramos de ella. Escuchó nuestras palabras queriendo infundirle ánimo. Risa, rezos y hasta llanto. Nos permitió tocarla. Así pudimos posar nuestras manos en las suyas y darle calor. No quiso o no pudo poner resistencia a quienes le hablaron quedo al oído, murmurándole un amor infinito. Los labios de algunos besaron mejillas y frente, humedeciendo su piel reseca y áspera, sedienta de descanso. Otros, no se conformaron sólo con eso, la abrazaron como queriendo  retener hasta los últimos latidos y respiros de su frágil cuerpo. Todo, antes de que se perdiera en el vaivén del desconcertante delirium; que cual ola de mar, golpeó la roca que los que la acompañamos fuimos, dejando a unos más que a otros erosionados, deformes, huecos y vacíos.

Así fue para mí.

Ambos se fueron y me dejaron dando vueltas alrededor y sobre un círculo inconcluso. Con la eterna frustración de un adiós incompleto o no concluido. Con las emociones todas, peleando por emerger cual burbuja a la superficie.
Sin sentido.




Ilustración: Israel Barrón.


martes, 23 de agosto de 2016

Dudas.




¿Qué hago con la botella de vino, los cigarrillos y el vestido negro que adquirí pensando en ti? 

 ¿Qué hago si ya no quiero seguir escribiendo –te- cartas de amor? El cajón de madera debajo de la cama, ya no tiene suficiente espacio para almacenar todas las ganas que tengo de recibir correspondencia tuya.

¿Cuándo encontraré respuestas convincentes a tus cuestionamientos velados, acerca de lo irrealizable de este inmarcesible amor? 

¿Acaso debo –y tú también- vivir imaginando el seco y afrutado sabor del vino, bebido directo de tus labios? O continuar las insomnes y eternas noches mirando el ventilador que cuelga del techo de la recámara, girar sus aspas sin cesar; mientras yo, extraviada, deseo verme tendida a tu lado permitiendo que tus labios, lengua, dedos, exploren colinas, valles, pasajes, pliegues y huecos de mi trémulo, húmedo, contraído,  tenso, abierto y dispuesto cuerpo. A la espera de que entres y me encuentres; una, otra y otra vez, hasta que por fin vacíes tus ansias y tu aliento tantas veces reprimido, en todo mi ser. 

Hasta cuando la manera de hacerte saber que te extraño, dejará de ser una anticuada y obsoleta melodía sonando en la radio; notas que te enviaré a través de una paloma mensajera, que tocará tu ventana y con sus enormes y redondos ojos abiertos dejará sobre tu mano la monocorde voz de Roberto Carlos, que te dirá lo triste que transcurre la vida sin ti. 

Qué día será el que por fin me deshaga de ésta pesada armadura fabricada de miedos y dudas, que sólo imposibilitan e inhabilitan mi espíritu alguna vez tenaz y cercenan mi voluntad en otro tiempo perseverante. 

En dónde y a que hora me vestiré con el traje de la confianza y la certeza, para salir a tu búsqueda llevando mi bolso lleno de ilusiones y la visión de una vida plena y feliz contigo, en una tierra ajena y lejana a la que ahora habitamos. 

 Necesito hacerlo antes perder la razón. 

Sólo que antes, debes decirme quién eres, en dónde te encuentras. De qué color es el timbre de tu voz, la intensidad de tu mirada. Porque en mis sueños, dormida o despierta, tu rostro no tiene rostro ni tu cuerpo, cuerpo. 

Cómo te reconoceré y sabré quien eres, de llegar a cruzarnos en alguna esquina de las empedradas avenidas. 

Hazme saber al menos, de qué color será la camisa que llevarás puesta. Lo que sea, para reconocerte el día, tarde o noche que eso suceda. 

 Dime por favor cualquier cosa que me permita dar contigo. 

Estoy cansada de ésta espera.


Imagen: www.pinterest.com

martes, 16 de agosto de 2016

A dos tintas.



El pasado 11 de agosto, se llevó a cabo en la ciudad de Tijuana, B.C., la presentación del poemario A dos tintas, escrito por Adolfo Morales Moncada y yo, Patricia Valenzuela Lugo.

La cita fue en El lugar del Nopal, centro cultural ubicado en el centro de la ciudad, en punto de las nueve de la noche.

Al principio me sentí muy nerviosa, era la primera vez que estaba frente al público, conocedor además, como coautora de un libro. Sin embargo y pese a mi nerviosismo, me sentí muy contenta ya que el lugar se llenó. 

La forma en la cual está escrito este poemario, causa en los lectores mucha expectación, ya que es poco común. Sin embargo, sin temor a equivocarme, puedo asegurar que los asistentes se fueron más que satisfechos de lo que escucharon esa noche.

Un poco antes de dar inicio a la lectura de algunos de los textos contenidos en el poemario, dirigí unas breves palabras a los presentes, las cuales les comparto.

"Empecé a escribir para que no me ahogaran las palabras.

Desde la adolescencia busqué un escape. Lo encontré en las letras. Ahora mi vida gira entorno a ellas.
Son el grito ensordecedor de mi silencio. La traducción del galopar de mi corazón perdido, de mi mente extraviada en el sinsentido de la cotidianidad.

Las letras han sido y siguen siendo, esa pequeña gran tabla a la que me he asido para evitar que las turbulentas aguas de mi mar me engullan y me lleven a sus profundidades.
Las letras me salvan. Son escudo, fortaleza, desahogo, catarsis. Mi minúsculo mundo privado, compartido.
Las letras son espejo frente al cual me despojo de mis vestiduras, de todas las capas que me recubren y ocultan y cuyo reflejo es un cuerpo sostenido por un esqueleto compuesto de miedos y anhelos. Llega incluso a no gustarme, sin embargo, no por eso dejo de ser yo.

Estoy aquí con una carga emocional indescriptible. 
Felicidad opacada por la sombra de la muerte, que ronda a la hermana de mi mejor amiga.
El sentimiento de no haber podido estar presente en un momento trascendental en la vida de mi hija mayor (aunque se que ella lo entiende).
Haciéndole frente a los sinsabores del amor. Qué cual ola de un mar agitado, embate mi estado anímico, mermándolo. Dándome apenas tregua para respirar.
Y la ansiosa y perpetua nostalgia de lo que no terminó de ser.

Por otro lado, no puedo dejar de agradecer a Gabriel García Márquez por el día que, hace diez años ya, a través de su libro “Memorias de mis putas tristes”, se cruzó en mi camino e hizo que me enamorara de la literatura. El inicio de un tórrido romance que se mantiene desde entonces, en fase de enamoramiento.

La lectura ha sido, es fundamental en mi faceta de escritora en ciernes. Cómo lo es sin duda la presencia de Adolfo Morales Moncada en mi vida. Sin él, esto no estuviese sucediendo. Adolfo es un ser humano como pocos he conocido. Extraordinario, inteligente, generoso. Como escritor, por demás digno de toda admiración. Mi ángel de la guarda literario; maestro y amigo.  

Y entrando en el tema de los agradecimientos: 

A mi familia, la que está aquí acompañándome en mi sueño hecho realidad. A Alejandra, Patricia y Jorge; mis tres hijos. En ellos y por ellos me hice de las agallas necesarias para mantenerme en la superficie, cuando hubiese sido más fácil optar por dejarme ir.  A Edgardo; por sus días invertidos en este caos de mujer que soy. Por aceptar esa parte de mí que le doy, por supuesto, muy a mi manera. A mi madre; quien a sus 80 años no se rinde y, en la lejanía y el silencio de la distancia, se mantiene cerca. A mi padre; a quien la vida no le alcanzó para estar presente físicamente; por su herencia constituida en mi carácter y manos grandes.
Gracias sobre todo, a mi mar y su desierto. De ambos me nutro y alimento. Ellos me mantienen encendida y húmeda. Conservan vivo el fuego que llevo dentro y por el qué, cual libélula, estoy dispuesta a morir.

A ustedes, muchas gracias por acudir a esta noche de poesía, escrita a dos tintas."

La próxima presentación está contemplada para el mes de octubre en esta localidad de Santa Rosalía. Espero que llegado el momento, nos acompañen.


El poemario está disponible para quien desee adquirirlo.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Armisticio.

















Yo –al igual que tú- también necesito una tregua,
me declaro en armisticio.

Por lo tanto
te dejo libre de mis manías
arrebatos, incongruencias
y cerrazón.
Te dejo libre de mis sueños, proyectos,
besos y dolor.
Te dejo libre de mi risa, manos
y lágrimas que alguna vez bebieron tus labios.
De mis locuras y miedos
piel y su calor
Te dejo libre de mis inseguridades
pasado y planes a tu lado
de mi ser y corazón.
Libre de mi amor.

Se me agotaron las ideas, los pretextos
para continuar
solo te cumpliré un último deseo:
dejarte de amar.



Imagen de: Chris Tomlin.

sábado, 30 de julio de 2016

Cama de hospital.



De recuerdos está hecha la vida; la de ella, la tuya, la mía. 

De recuerdos estamos construidos. Sin ellos no somos nada, estamos vacíos. 

Por una extraña razón, en mí flota un recuerdo que se aferra a la memoria para no perderse en la vaguedad de los pensamientos; uno sobre mi madre. Iridiscente y cálido. Níveo y claro. Como el café negro sin endulzar que bebí hoy al despertar, cuando apenas el esbozo del sol se dibujó grandilocuente y hegemónico detrás de la delgada línea del horizonte. Acompañándolo de las sublimes letras de Virginia Woolf y las azuladas notas de Ella Fitzgerald. Sonando eso sí, muy bajito, para no molestar a quien yacido a mis pies aún dormía; con las cuatro patas hacia arriba, el hocico abierto y la lengua de lado.

Ese recuerdo ha permanecido meses madurándose cual fruto verde. Pulsátil. Alimentándose del cadencioso, estrepitoso, rítmico e incesante batir de mi corazón, que albergo como todos, dentro de una pequeña y dura caja de paredes óseas.
Esta mañana me remonté en el tiempo, a una tarde del mes de noviembre en una ciudad situada a más de mil kilómetros de distancia de dónde ahora me encuentro. 
La tarde a la que me refiero, mi madre yacía inmóvil sobre la cama, cubierta con sábanas de un blanco descomunal, en el cuarto 216, segundo piso del hospital. Allí, el olor a desinfectante era tan intenso y penetrante, que todavía ahora al recordarlo, me resulta casi imposible contener los estornudos en salva producto de mi irritante alergia. Sin duda una tarde fría, en que la ventisca azotaba y parecía mantener a raya a los habitantes de la zona, dentro de sus casas. 

A través del cristal de la ventana del hospital que da justo a la calle, aprovechando que mi madre dormía, dediqué una buena parte del tiempo a observar los escasos transeúntes caminar sobre las baldosas polvorientas, y cómo con paso apresurado se ponían a salvo de las rachas de viento que insistentes, movían furiosas letreros y señalamientos de tránsito, árboles y antenas, amenazando con tirarlo todo. Logrando apenas con grandes esfuerzos mantenerse éstos en equilibrio, sin desplomarse. Por otro lado, en la avenida también, los parabrisas de automóviles en movimiento recibían de frente el inclemente hálito y rugir del dios Ehécatl. 

Desde esa perspectiva, rozando la nariz en el incólume vidrio de la ventana, vi los edificios y centros comerciales que rodean al hospital. Disfruté de cómo el día poco a poco se iba yendo, consumido por las sombras de la intimidante noche. El cielo acendrado, matizado de vivos colores; naranja, amarillo, rojo y azul celosamente mezclados, daban la impresión de estar pintados sobre un lienzo tan cercano que hubiese podido tocarlo con tan solo estirar el brazo. El desenlace de un agónico día, rebasado únicamente por la luna creciente y sus brillantes ornamentos, las estrellas, tiritando graciosas, sintiéndose felices de exhibirse para ser observadas y admiradas. 

Días atrás, mi madre había sido hospitalizada de urgencia por un cuadro de oclusión intestinal que le generó deshidratación y a su vez, descompensó  la diabetes que medianamente ella controlaba con medicamentos. Los médicos plantearon la posibilidad de cirugía para resolver el problema. Era un hecho casi impostergable. 
El pronóstico se mostró sombrío, nada alentador y todos temblamos.
Fue entonces cuando me trasladé recorriendo mares y desiertos, montañas y llanos para estar a su lado. En un deja vu recordé a mi padre. 

Los especialistas recomendaron otros estudios, más exámenes de laboratorio, modificaron tratamientos, todo en un esfuerzo por esquivar la sala de quirófano. No obstante, mi madre no dio rastros de mejora; por lo que fue programada para someterla al siguiente día a laparotomía exploradora. 
Esa noche una de las hermanas de mi madre y su hija mayor la visitaron con la intención de orar por su pronta recuperación. Me contaron –porque yo no estuve allí- que mi tía y prima oraron con mucho fervor, imponiendo sus manos sobre la cabeza de mi madre que también oró, en un rito que duró varios minutos. Al terminar, optimistas aseguraron que no sería necesaria operación alguna y luego se despidieron y salieron del cuarto. 

Por la mañana del día que le siguió, mi madre de manera increíble mejoró. Ella tan religiosa como siempre, se lo atribuyó a las oraciones de su hermana y sobrina, sin embargo por otro lado, los médicos satisfechos se jactaron y pretensiosos vieron validados sus conocimientos. El caso es, que entre ciencia y metafísica mi madre evolucionó a la recuperación y milagro o no, la operación quedó de lado. 

Todos respiramos contentos y relajados. 

Esa misma tarde a solas yo con ella, mientras mi madre dormía un sueño etéreo, la observé con detenimiento. Los rasgos orientales enmarcados por la palidez de sus mejillas; el pelo ralo y sumamente delgado. Las arrugas circundando ojos y labios como si estuviesen estrellados. La piel fláccida de sus brazos otra vez de niña. La estatura acortada por el paso inexorable del tiempo a veces bueno, otros malo. Así sin anteojos me pareció otra. Respiraba sin problema, con tranquilidad, sin ademanes. En la quietud de la habitación sonreí aliviada y agradecida. 

Al verla frente a mí tan vulnerable, hubiese querido entrar en su sueño y en el subconsciente preguntarle si seguía extrañando a mi padre. Que me dijera qué sentía al entrar a la recámara que compartieron por tanto tiempo y sin remedio, dejar a la penumbra de la noche que la abrazara en silencio. Cómo le había hecho todos estos años para sonreír, sin de seguro tener el ánimo para hacerlo. Por último, porque parecía que despertaba, si no hubiese deseado mejor ir a su encuentro, en vez de estar dándole batalla a la vida en ese momento en ese cuarto de hospital. 

Sí, despertó y nos miramos. Platicamos de todo y nada. A ratos se perdía en cavilaciones. Yo, para confortarla y hacerle menos inextricable los días, esa tarde; encendí la computadora portátil que guardaba en mi bolso, elegí canciones que ambos, ella y mi padre escucharon en su época y las hice sonar en volumen bajo. No sé si logré mi propósito. Por lo que a mí respecta, lo único que me causó fue una profunda y dolorosa nostalgia, añoranza de mi padre. Ella continuó despierta pero ausente, no me atreví a preguntarle nada. Sólo la música se interpuso entre nosotras en esos momentos que se hicieron interminables. Alguna que otra vez la sorprendí mirándome de soslayo, como quien desea preguntar algo y no se atreve. De haberlo hecho, de haberme preguntado cualquier cosa, no habría yo encontrado las palabras, frases o enunciados para responderle, porque la voz se me ahogó en lágrimas que agolpadas en la garganta, impedían que cualquier sonido saliera por mis cuerdas vocales. 

 Andy Williams seguía cantando. 

Con disimulo ella cerró los ojos de nuevo, claramente fingió que volvía a dormir para no tener que disimular sus emociones ante mí. No tuve duda de eso. O por no querer o poder hacerle frente a las mías, por demás evidentes.
Por fortuna y de manera abrupta, como la efervescencia de cualquier botella al ser destapada, varias voces se hicieron escuchar a la vez, en distintos tonos, algunas risas. Todas conocidas. Eran las visitan que llegaban. Hermanos, sobrinos. 

Mi madre solo entonces volvió a abrir los ojos y sonrió complacida de ver otros rostros, escuchar nuevas voces y sobre todo y en su estado, no sentirse comprometida ante la idea de tener qué, después de tantos años, consolarme por la ausencia de mi padre. 

Yo apagué la música y respiré profundo, porque sin duda y sin planearlo ellos nos habían salvado. 

De pronto sentí una húmeda caricia sobre mis pies descalzos, era mi mascota que por fin había despertado. Al saberse observado ladró y movió el rabo. Dejé mi taza de café y el libro sobre la mesa para acariciarlo. El siguió retorciéndose agradecido. Me levanté del sillón junto al ventanal de mi recámara y suspendí la música. 
El sol proyectó sobre mi cara sus rayos que prometían un día cálido, ideal para pasear por las calles adoquinadas del centro. Eso hice. Me calcé uno de mis vestidos favoritos, el corto y floreado, unas sandalias. Tomé mi bolso con un libro y agua embotellada. Brownie con su correa al cuello y yo, salimos dispuestos a dejar todo atrás, disfrutar del día y la libertad que la vida una vez más nos ofrecía. Ha fabricar recuerdos. 



martes, 12 de julio de 2016

Carta a mi amiga.


Te escribo desde este tranquilo lugar.

Me dejo caer con languidez sobre la fina arena amarfilada, con los rayos del sol en ciernes y la brisa del mar intentando –por ahora- penetrarme inútilmente. Es una mañana espléndida. ¿Será porque no hay mejor terapia que el íntimo contacto con la naturaleza? Hasta mi yo interno se encuentra sereno.

Parece que la ansiedad me ha abandonado de momento.

Ayer por la noche observé el cielo y conté ocho estrellas fugaces, que en realidad son fragmentos de roca atraídos por la gravedad de la tierra (que bueno que existe la capa de ozono). La estela lumínica duró solo un instante, sin embargo, suficiente para dejar a cualquiera que las haya visto, una sonrisa y la prometedora ilusión de un deseo por cumplirse.

Como te digo, amiga: el cielo estuvo increíble. Cientos de brillantes luces adornaron el firmamento y en él, majestuosa se abría paso la Vía Láctea. Es el camino que lleva a los sueños, me dije. El lugar donde habitan las utopías.

Tumbada sobre la arena mirando hacia arriba me perdí. Qué pequeños somos. Qué infinito y enigmático es el cosmos. Me extasié con el encanto de sentirme observada, tocada, recorrida por todo lo que allá brilla.
Pequeños pulsos de felicidad.

Dime, querida amiga: ¿qué sueñas?, ¿qué te hace sentir feliz ahora? ¿Qué esperas de la vida?, ¿de las personas que te rodeamos?, ¿de ti misma?

Yo ahora pido un deseo: qué pronto podamos compartir interminables charlas, largos silencios. También que tu cielo se despeje para que así, vuelvas a sonreír sin miedo.
Qué tu universo te acoja y te llene de luz. Para que seas faro en mis días de oscuridad. Qué tu luz me ilumine.

Soy egoísta, lo sé. 

Eres reflejo de mis emociones y deseos. Mujer que por tanto tiempo esperé conocer para compartir pensamientos.

No importa qué lejos nos hallemos, es sin duda la distancia la que da intensidad a este sentimiento.

 Ahora debo irme.

Iré a zambullirme en las aguas del mar Bermejo. Dejaré que sea el vaivén de las olas quienes marquen el ritmo de los latidos de mi corazón hambriento.
Permitiré a los ya maduros rayos de sol, me abracen hasta quemarme la piel, y el viento que se despierta impetuoso me acaricie toda.
Me abandonaré al deseo de perderme con la esperanza de encontrarme en la superficie de su profundidad.

Libre.




Imagen:  Dos mujeres. Víctor Moya Calvo (1890-1972, España).

lunes, 11 de julio de 2016

Emociones



Me siento atada a todo y nada
libre y prisionera
triste, a días contenta

Lloro con la música que escucho
debajo de la regadera
Corro para dejar lastres que me anclan

Escribo para poder continuar
para que las emociones
no se me hagan nudo en la garganta

Para que no me duele el pecho
por tanta ansiedad
en él acumulada.