viernes, 17 de julio de 2015

La pitonisa.


Dicen que mujeres como ella todo lo saben, que todo lo adivinan. Qué con solo ver entrar a las personas a ese cuarto oscuro donde los aguarda, puede darse cuenta de lo que les aqueja; del mal de amores que traen a rastras, de la deuda económica que los asfixia, del padre desconocido a quien se extraña; en fin, dicen los rumores de la gente del barrio donde ella vive, que nada se le escapa.

Además, por si fuera poco, dicen  se mete en el pensamiento  de los que por ahí desfilan y lo espulga sin compasión, hasta dejarlo expuesto a través de su bola mágica. Qué con solo pasar su mano por encima del cuerpo que acude a que le de auxilio, puede sentir la vibra, buena o mala de cada persona, qué como aroma dulce o amargo, despide. Qué puede observar el aura del individuo a la primera mirada. En fin, qué nada, absolutamente nada se le puede ocultar por más disimuladas que se hagan las incautas –por lo general- quienes son las que con más frecuencia acuden a visitarla.

Recurren a ella, a la pitonisa- todo tipo de personas, sin importar la clase social ni el nivel intelectual. Solteros, casados, viudos y divorciados y amantes. Jóvenes y no tan jóvenes; hombres y mujeres (intermedios y remisos la visitan por igual). Lo hacen porque van en  búsqueda de soluciones cuando se sienten atrapados, cuando los problemas los apabullan y se sienten temerosos, cuando les urge encontrar salida a un conflicto que no son capaces de resolver por sí solos. Sobre todo, cuando a toda costa desean recuperar el amor perdido. Cuando las oraciones no fueron suficientes, ni los santos de cabeza, ni los diezmos en la iglesia. Cuando todo recurso terrenal y espiritual ha fallado. 

Van en busca de la pitonisa aquellos que están indecisos de qué camino tomar, con quién quedarse, o de quién irse. Los que desean se les adivine el porvenir a través de una bola de cristal o una carta de naipes. Hay quienes desean saber el color de ojos, la estatura y el nombre de su futuro esposo, o con quien han sido traicionados, en este caso, hasta el nombre, dirección, teléfono y CURP piden. El miedo es el camino que los lleva a ese lugar, donde  ella, la pitonisa, los espera dentro de un ambiente espiritual, místico y enigmático que de entrada atemoriza aún más al inseguro consultante.


Hasta verla, tenerla en frente, -envuelta en una bruma  grisácea provocada por el incienso que hace cosquillas en la nariz y estornudar al ahí presente- a ella, a la que lo sabe todo, a la que no se equivoca, a la que los salvará del precipicio, no sin antes dejarle sobre la mesa bien enrolladitos, dos o tres billetes de respetable denominación.

Antes de dar por terminada la sesión, la pitonisa aconseja no contar a nadie lo ahí vivido, lo platicado, ni lo experimentado. Quedándose muy satisfecha de haber podido contribuir a discernir, a ver claro pues, a los muchos inocentes que buscan su consejo.
El creyente, al abandonar el lugar donde se llevó a cabo la sesión, se pierde en un mar de gente, envuelto en sus pensamientos, quizá feliz por tener la solución en sus manos sintiendo que le han devuelto el alma al cuerpo o desanimado por la certidumbre de no poder alcanzar sus deseos más anhelados.

La verdad, debo confesar sin pena, una vez hace ya varios años recurrí a ella. Busqué en los periódicos y encontré –para sorpresa mía- que eran varias las que se anunciaban. Yo siempre supuse que solo existían en el “interior del país”, allá lejos, donde la alfabetización es mucho más precaria que por estos desérticos lugares bañados por la brisa del mar Bermejo. Acá, donde el segundo idioma es el inglés y el lugar preferido para vacacionar es Disneylandia.
La busqué para tratar de entender por qué él, tan inteligente, tan erudito, tan ecuánime y amándome como me dijo e hizo sentir tantas veces, tuvo que recurrir a una pitonisa para definir lo nuestro. 
La busqué para probar que detrás de la irracional creencia –de él- se escondía una racional cobardía –también de él-.
Así, con esa determinación, aproveché un viaje fuera del lugar donde vivía, para ir al encuentro de esa mujer, que me daría una idea de por qué él, se dejó guiar por los consejos de alguien como ella. Por qué él, prefirió escuchar a esa otra mujer y no a mí, por qué él, prefiero creer en las cartas que le echaron, que en los latidos de mi corazón al tenerme entre sus brazos, al hervor de mi sangre al besarlo y no a las lágrimas que corrían por mi rostro el día que le abrí la puerta para dejarlo partir.
Entré a esa casa, a ese cuarto, a medio día, cuando el sol esparcía su calor sin distingo. Ni un soplo de viento hacía. El claxon de los automóviles que circulaban por la avenida, apenas me permitieron escuchar las preguntas que me dirigía “mi pitonisa”, en tono de confidente, mirándome fijamente a los ojos, porque el ruido entraba de lleno por la ventana abierta que daba a la circulación, donde dicho sea de paso, esperaba mi amiga, impaciente a que yo regresará con las noticias.

Al ir tirando las cartas sobre la mesa, fue describiendo lo que en ellas veía y, de vez en cuando, me miraba de soslayo, esperando obtener un indicio de que iba por buen camino en sus augurios y predicciones. Mientras yo, me mantuve inexpresiva, aguantando una mueca de ironía. Así, durante 20 minutos, más o menos.

 La fútil retórica de la mujer con aire misterioso, a mí no me sirvió de nada, a menos que convencerme de la mediocridad de un ser humano, bueno de dos, –de ella, la pitonisa y de él, el hombre que yo inútilmente amaba- sirviera para algo. Por lo contrario, me miró con una mezcla de sorpresa y extrañeza al escuchar al final de la cita los motivos que me habían orillado a requerir sus servicios (curiosidad, le dije) porque rechacé todo lo que me ofreció (limpias, amuletos, velas, muchos sortilegios más), inclusive una pócima para hacerlo regresar a mí.
Nada de lo que me dijo sobre los acontecimientos de mi vida se acercaron ni tantito a la realidad de un pasado casi inmediato y poco tiempo transcurrió para que, por supuesto, ninguna cosa de las que me dijo que pasarían, sucedieran, cosas que ahora forman parte de un pasado muy, muy remoto.
Al salir de esa habitación llena imágenes de santos y vírgenes, calaveras, escapularios e incienso, y no sin antes dejar sobre su mesa el correspondiente donativo “voluntario”, me sentí satisfecha de haber despejado mi curiosidad –que por fortuna no mató al gato-, y defraudada al darme cuenta como una pitonisa (otra, no ésta) vino a echar abajo “un amor tan grande” con argumentos tan pequeños.
A pesar de eso, salí sonriendo y  preguntándome por qué tanta gente recurre a charlatanes en busca de soluciones que no son capaces de encontrar por ellos mismos.
Al llegar al auto donde seguía mi amiga esperando, lo primero que hice fue todo lo contrario a lo que la pitonisa me recomendó: le conté todos los pormenores de mi encuentro con esa mujer, al final de la narración, ambas reímos por varias razones, pero la principal, por haberme atrevido  a hacer esa visita y ella –mi amiga-  a ser mi cómplice.

Por último, confirmé mis sospechas: las pitonisas tienen nombre y apellido y en vez de bolas de cristal, tazas con asientos de café y cartas de naipes; tienen líneas telefónicas y correos electrónicos. Y lo más importante, que el amor, el amor no se resuelve a través de bolas de cristal ni cartas para predecir el futuro.

Pintura: Macias. Pitonisa (España)


jueves, 16 de julio de 2015

Membresía.


Entré a navegar por la internet buscando una de tantas páginas dónde suscribirme para encontrar pareja. Era la primavera del año 2009, el mes de mayo estaba para ser un poco más precisa, por expirar. Todavía podía salir al balcón de mi cuarto, ver la inmensidad del mar e imaginar la llegada de Cortés, sí, por el Cortés -y su horda de españolitos ingenuos y deteriorados- que vinieron a traer la viruela, entre otras cosas a tierras mexicanas, sin el agobiante calor, la humedad y los insoportables mosquitos cuyo blanco siempre era yo.

Desde el balcón podía fumar a mis anchas y ver pasar desde lo alto, a la gente  que caminaba por la calle, absorta cada una en sus pensamientos.
Mi estado emocional rayaba en el desastre. La relación con mi amante a “distancia” acababa de  terminar.  Eso me mantenía cuativa las 24 horas del día, sumida entre la melancolía de lo perdido y la incertidumbre de un futuro “sola”.

Animada por mis amigas, fue entonces que me lancé e investigué todo sobre esas páginas que  dicen, ayudan a encontrar el amor. Para ser sincera,  no esperaba encontrar a nadie que lograra despertara mi interés,  al contrario, solo para confirmar mi escepticismo, fue que decidí hacerlo y entonces poder decirles a ellas, a mis amigas, que eso era la más grande farsa.
 Para no hacer el cuento largo,  me suscribí -en el nivel más básico y económico, por supuesto- haciendo el respectivo pago a través de tarjeta de crédito. Y Pensándolo bien, con ese dinero me hubiese podido comprar 2 o 3 libros.

Empecé armando mi perfil. Me describí en lo físico y en lo emocional (un poco, porque se trataba de encontrar, ¿qué no?). Cité mis preferencias con respecto a la comida, la música y la lectura. Mis sitios preferidos para vacacionar, mi deporte predilecto, religión, ocupación e ingresos. Sí, en este punto fui lo más exacta posible. Me di cuenta de que la mayoría dejaba en blanco ese espacio, como si tuviesen miedo que los tacharan de ambiciosos, caza fortunas o de pobres… de plano. Yo hice lo contrario, anoté cuanto ganaba al año y cuanto deseaba que fuesen los ingresos del prospecto que se animara. Además, dejar bien claro que tenía que ser inteligente, educado; cariñoso; que le gustaran los niños y que no quisiera tener más (tres son más que suficiente). Que no fuera comunista ( al menos de los que quieren tomar el poder por vía de las armas), que le gustara la música de cello y la buena literatura. Al terminar de escribir, borrar, escribir y volver a borrar, quedé satisfecha con esa parte de “mi perfil”.

El siguiente paso fue subir una o varias fotografías mías, porque según, la persona que subía más, tenía también más probabilidades de encontrar pronto a su ideal. Así que ahí estoy buscando las mejores o para ser más clara, las menos peores. “Por fin, ahora sí quedó listo”, me dije satisfecha. Antes de dar click para aceptar y que todo se guardara, releí todo lo que escribí y reí pensando: “Parece que más que encontrar, quiero lo contrario. Porque con tanto requisito que pido nadie me va a pelar. En fin, nada pierdo con intentar, además ya pagué, ahora lo desquito”. Click…

Poco a poco empecé a recibir “guiños”, propuestas de amistad, vaya. Yo leía el perfil del personaje en turno y con alguno que otro me pasó que no pude terminar de hacerlo, ya sea por su mala ortografía, por la falta de hilaridad en las ideas o por ambas cosas. Eso me hizo desistir de continuar, no una, sino en varias ocasiones. Otro caso que “deseché” de ipso facto, fue el de un tipo que sus ingresos eran irrisorios (a éste sí lo tacharon de pobre, eso le pasa por arriesgado). No soy ambiciosa, pero no iba a entrar a “guatepeor” (y con esto no me estoy refiriendo  al “amante a distancia”). Así se sucedían mis días, -mientras el mes de junio avanzaba parsimonioso- llegar de trabajar y antes de nada, revisar el sitio. Mis más reciente obsesión.
Encontré sombrerudos, con bigote, sin bigote, calvos, greñudos, con aretes, musculosos, hipies, albinos, morenos, muy morenos, tatuados, sexagenarios, empresarios, policías, viudos, divorciados, solteros, snobs, de todo… pero ninguno me llenó el ojo.
 Ya, una vez comprobada mi teoría de que por ese medio era más que imposible encontrar el amor, -y decepcionada en el fondo-,  decidí claudicar en la búsqueda y espera. Fue entonces que, un día  recibí la invitación para entablar conversación. Sus letras y sus ideas me inquietaron y hasta puedo decir que me sorprendieron. Revisé su perfil y cumplía con varios puntos de los que yo buscaba, así que  respondí. ¿Su pseudónimo?: Freedom. Yo elegí como pseudómino, el nombre de la protagonista de mi libro preferido. Recuerdo que lo que más me impactó, fue que al leer su primer mensaje, casi casi hubiese podido jurar que había sido escrito por “amante a distancia”. Eran sus mismas frases, el mismo modo de expresarse, su intachable ortografía, su buena redacción. Quise llegar rápido al final del texto para poder darme cuenta de quién era en realidad la firma, lo hice, y aún no siendo quien creí, esa expectativa que se generó en mí, me animó a interactuar con el desconocido.
Fue así, que “Freedom”  y  “Protagonista de novela” empezaron a intercambiar ideas, notas, comentarios y detalles sobre sus vidas. Y claro, me convencí de que no era quien yo creí y deseé.

Sin embargo… no vayan a pensar que acabé por creer que en esos sitios se puede encontrar en realidad el amor, no, no fue así(todo lo contrario).

La relación prosperó –de manera virtual-, como toda relación que inicia, creí haber encontrado al hombre perfecto, al hombre que diosito me tuvo guardado después de tanto tiempo y tantos rezos. Al hombre con quien llegaría a vivir mi vejez.  Y al poquito tiempo sucedió lo lógico, concertamos una cita en un punto medio de su ciudad y la mía y nos conocimos en persona. En ese encuentro, la primera señal de que tenía que detenerme la pasé por alto y me seguí como caballo desbocado. Cegada por la efímera ilusión de la novedad. Empezamos una convivencia a veces a distancia, a veces no. Viajamos por muchos lugares hermosos de la República Mexicana.  La relación con la familia y amigos más cercanos de cada uno se dio, a pesar de mis propias, secretas e “infundadas” dudas. Sin embargo, el tiempo me regresó la cordura y se llevó el enamoramiento (¿o al revés?). Poco a poco empezaron las diferencias, las discusiones, el no ponernos de acuerdo. El estira y afloja. Los buenos momentos se diluyeron entre el orgullo, la soberbia; el hartazgo; la decepción y el desenamoramiento.

Al final, él terminó yéndose y yo agradeciéndoselo. Tres años después.
Hasta la fecha, no he vuelto a abrir una página para suscribirme y buscar el anhelado amor.
Un año después, sin esperarlo –sin desearlo tampoco- el amor me encontró a mí. Sin necesidad de membresía.


Amores e inflexiones.


  Crecí creyendo en princesas y en príncipes azules. Creyendo que ella -la princesa-, era rescatada por él -el príncipe-. Creyendo a la vez, que él, llegaba montado en un corcel blanco, con su espada brillante y una capa de seda azul  al viento. Creyendo, sobretodo, que después de casarse, ¡ah! porque se casaban, el príncipe y la princesa vivían felices para siempre.

Soñé tantas veces con encontrar al mío, a mi príncipe y, noches, tardes y días, lloré a solas porque eso no sucedía. Siempre llegaban los príncipes al rescate de otras , pasando de soslayo frente a mí, que con mirada suplicante les pedía ser yo la elegida, para al final ver la polvareda que dejaba tras de sí,  y , para cuando terminaba de limpiarme el polvo de mis ojos, alcanzar a ver la sombra  del caballo blanco que se alejaba y con dificultad distinguir las siluetas de la pareja que galopaba a la distancia.
 
  Sin embargo, con el paso del tiempo, esta idea -por fortuna,  porque  mis ojos ya no aguantaban tanto polvo- cambió. Esto se generó en mi pensar y en mi sentir,  de manera lenta y progresiva, gracias a los sucesos que durante los años se presentaron en mi vida.
 
Viví la etapa donde la mayoría de la mujeres añoramos tener una familia: un compañero, hijos y hasta un perro. La tuve, incluyendo esto último.
Sin embargo, me di cuenta de manera retrospectiva que, para lograrlo tuve que empujar más yo, que la otra parte. Qué muchas situaciones las forcé para que resultaran como lo tenía planeado, sin que, por desgracia,  esto sucediera así. Esa etapa pasó como un tornado, dejando el caos y la difícil tarea de reconstrucción – y sí, polvo en mis ojos-. Ahora todo aquello es solo un recuerdo debajo de una cicatriz queloide.
Con el paso del tiempo, se presentó una nueva oportunidad de experimentar el amor. La vivencia fue cegadora, tal vez por el ansia y la necesidad. Fue un amor unilateral, pero que me devolvió la vitalidad, la energía, en pocas palabras, los deseos de continuar. Mi corazón volvió a contraerse, volvió a irrigar mis sentidos. Pero fue tan fugaz y efímero, que no supe qué hacer con lo que esa experiencia me dejó; tanto, que provocó en mí un descontrol tan mayúsculo, como la decepción y terminé convertida en un zombie, que vagó muchos días y noches por las calles empedradas y llenas de polvo, ausente y seca como la corteza de un árbol viejo a punto de caer en vida. 

Todavía quedaban en mí, los remanentes de un pensamiento arcaico y como tal, pendía de un hilo la idea del príncipe azul ( capa de seda azul y corcel blanco), mientras  me  preguntaba por qué no era como en las películas, por qué en mi historia no había un final feliz. 
El tiempo como siempre, hizo lo suyo, me recuperé y continué, aunque seguí esperando,  lo hacía ya sin tanta ansia, sin convicción,   menos crédula, más cauta, menos soñadora, más realista.
 
Al príncipe lo bajé del caballo y a la princesa la saqué del castillo y los situé en la realidad

Apareció entonces de nuevo el amor, de la manera y en el lugar menos sospechado. Tan distinto. Con cualidades que hasta ese momento supe siempre había buscado y esperado. Me dejé tomar de la mano para ser guiada por su sabiduría y sus enseñanzas. Ante mí, se abrió un mundo antes inexistente. Y a la vez que recuperé la fe, crecí y me valoré, me hice consciente de la fuerza de mi espíritu. Fue entonces, hasta este punto, donde tanto la princesa como el príncipe,  agonizantes… fallecieron.
  
Nunca estuve más consciente de la realidad del amor como en aquellos días. Pero… como siempre existe un pero, esta vez tampoco fue la excepción y con todo y consciencia, sabiendo que la presencia de él en mi vida solo era pasajera, la decepción no dejó de causar gran mella en mi estado anímico. Su ausencia me conmovió de manera tan profunda, que casi juré sería la última vez que sentiría algo semejante. Fue tanto el escepticismo de la perpetuidad de un sentimiento o una relación, que creí haber quedado inmunizada contra el amor. Vacunada contra  el amor intenso y  apasionado. Al amor de roces que electrifican; al amor de palabras que penetran en el alma y una hendidura del cuerpo; al amor de locura, de humedad, de licor, de letras, de ternura.

Pero bueno, el tiempo hizo lo propio, las aguas se serenaron y tomaron su cauce. Me fortalecí, y seguí mi andar dejando atrás la zona de desastre.

Con el paso de los años la estabilidad rigió mi vida, de noche y de día. De lunes a domingo.
Ahora estoy consciente de lo que quiero y de lo que tengo. Del camino y de la compañía que he elegido, tanto, que no importa lo que tuvo que suceder para haber podido llegar a este punto.

Él, ha encontrado a la mujer que el amor moldeó, fortaleció y emancipó. Y aunque se recorrieron caminos estrechos y oscuros, satisfechos estamos ambos, él y yo, porque sin eso no seríamos lo que somos, no estaríamos donde estamos.


Y donde estamos, no hay un corcel blanco amarrado en el patio.

Pintura: Paolo Uccello. San Jorge contra el dragón (Inglaterra, 1456)