lunes, 22 de julio de 2019

Quién llorará mi muerte



Quién, de mi cuerpo inerte
observará el frío e inexpresivo
rostro y sobre mi corazón callado
dejará una orquídea negra.

Quién gritará al cielo que me quede,
que no me vaya todavía
aferrándose fuertemente
a mi mano indiferente.

Cuando por fin la vida y la muerte
se hayan puesto de acuerdo
dejándome una ir
y la otra llevándome consigo:

Quién echará de menos
sus conversaciones conmigo,
el café de la mañana,
los kilómetros corridos.

Quién repetirá la sílabas de mi corto nombre 
aguardando respuesta los días de lluvia, 
calor, viento o frío, simplemente
cuando la nostalgia arremeta.

Quién visitará mis cenizas
esparcidas en la cima de La Virgen, 
en una cueva custodiada por Gigantes
o disueltas en la profundidad de mi Mar.

Quién inscribirá en el aire mi epitafio: Efímera
y recuerde que lo único pasajero en mí
no fue el amor, sino las personas a las que amé.
Siempre viví esperando.

Quien abrigará mi recuerdo en el olvido
  o lo guardará en su memoria 
el día en que yo me muera
Quién...



"No estoy loco y se muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma". Edgar Allan Poe

Imagen tomada de internet

Patricia Valenzuela L.


viernes, 19 de julio de 2019

Círculo de Mujeres que se nutren, crecen y florecen


Les presento a Beatriz, ella nos cuenta quién es y de qué trata su proyecto con Mujeres, aquí, en el municipio de Mulegé.

"Nací del vientre de una mujer soñadora, emprendedora y de apariencia independiente. Un vientre cariñoso en el que se tejieron deseos, sentires y emociones; desde donde las historias resonaban y viajaban al manto acuático que me protegía. Al chocar en él se producía el sonido. 
Ahí viví por nueve meses hasta que un día me sincronicé con quien me dio la vida y entonces, fue que nací un 27 de enero a las 13:00 horas, en el hospital de un pueblito donde hace mucha tierra y viento, pero que en su nombre lleva algo sagrado, Guerrero Negro, B.C.S. Sí que me encanta su nombre.

Partí de mi hogar para emprender unas de las mayores responsabilidades, mi formación educativa en la licenciatura de Psicología. Desconocía las cosas a las que me enfrentaría. Sobre todo me enfrenté conmigo misma, o con la que pensé en ese momento que era Yo. Qué lío eso de volverte a conocer, aceptarte y desvestirte de los "detallitos" que se fueron adheriendo a tu persona. No diré impone la sociedad, la religión o la familia, o que éstas ya estaban inconscientemente desde antes de mi nacimiento, a estas alturas es por demás andar con culpas. Es mejor ser responsables de nuestra propia conciencia y soltar la historia "culposa" de nuestra falsa identidad. O más bien, la falsa identidad que se genera gracias a la culpa.

Llevo 11 años trabajando en mi formación, desde la manera más libre y salvaje. Eso se logra desde dentro, desde la intuición, desde el creer en el poder de una. Y es que en gran medida, todo lo que soy, lo que tengo y lo que no tengo, me lo ha dictado la intuición. La fidelidad que tengo para conmigo, nace de esa voz con la que habla el alma.

Mi formación no solo ha sido académica, es también trascendencia espiritual. Es mi libertad, creatividad y resonancia. Ser el viento y ser el mar. Seguir conociéndome y hacerme sabedora de mi propio poder.
De niña crecí con una frase que mi padre y madre me decían constantemente: “eres libre para volar”. Agradezco su frase motivadora aunque en su momento no entendí del todo. Incluso ignoraba a qué libertad se referían.

Ahora desde la responsabilidad de ser una Mujer, elijo los cielos que quiero para mí. Aún me estoy cocinando, esta vez desde mi propio caldero. Desde el pulso de mi energía femenina. Soy Mujer y mi nombre es Beatriz Beltrán Correa, soy la Hija, la Hermana, la Madre, la Amiga. Soy curandera, consejera, cocinera, tejedora y danzante; soy todo lo que deseo ser. Me gusta creer que mi poder no tiene límites, solo requiero de voluntad e intención. Me siento contenta con las herramientas que he ido tomando. La Psicología y Yoga -el cuerpo, la mente y espíritu- son las profesiones que me han elegido y yo a su vez, a ellas. Puedo decir entonces, que me han llevado al camino de mi resurgir o sanación, o como ustedes le quieran llamar.

“Mujeres que Nutren, Crecen y Florecen” surge de mi entrañas. Del dolor y la rabia que me sacude al ver y saber que las Mujeres estamos condicionadas a tolerar, aceptar y vivir la violencia. De ver a una Mujer sin energía, somatizando, deprimida y luchando diariamente con sus emociones y sus ganas de mandar todo a la fregada, sin atreverse porque no tiene una red de apoyo; o tiene que aguantar “porque esa es la vida que le toco vivir”. La formas de violencia son múltiples y estas fueron las historias diarias con las que estuve trabajando durante tres años en un instituto dedicado al mejoramiento de las Mujeres en situaciones violencia. Surge porque creo en las Mujeres, en el poder que tenemos, y si juntamos nuestra intención de sanarnos nosotras mismas, brotarán flores.

¿Saben? a eso le teme el sistema que mueve al mundo. Le teme a nuestro pulso, a la contracción que surge de nuestro útero. A la suavidad de nuestro cuerpo mezclado al salvajismo con el que tejemos nuestros anhelos. Le teme a las Mujeres libres y pensadoras. Si de una cosa estoy segura, es que no quiero que mi hija sea una esclava más. Yo también la quiero libre para que elija sus propios cielos. Por mi madre, por mi hija y por mí. Mi madre es el reflejo de mis antepasadas, yo soy el presente, mi hija el futuro. En su futuro deseo dejar la semilla armonizada con sus ciclos. Todo es un ciclo y nosotras no somos la excepción. No debemos sentirnos mal por nuestros cambios temperamentales.

Deseo que como Mujeres reestructuremos el sentido de quiénes somos. Por medio de estos círculos vayamos aprendiendo que la Mujer que está frente a mí soy yo misma pero con diferentes características e historias. Círculos donde movamos nuestra energía femenina, guiadas por la intuición y la creatividad. Donde nos hablemos y miremos a los ojos al mismo tiempo en que nos sentimos. Escuchar las historias de ellas, las que son iguales a mí y nos conjuguemos en un abrazo de hermanas. Nosotras somos las curanderas. Tenemos en nuestros brazos la pócima para hacernos sentir alivio, paz. 

Por eso “Mujer que Nutre, Crece y Florece” está hecho para nuestro despertar. A través del yoga y la meditación damos un viaje y reconocemos lo que nuestro útero es.
“Mujeres que Nutren, Crecen y Florecen”, ha sido creado para Mujeres. Ahí podemos dejar lo que no nos pertenece y hacernos responsables de lo que sí podemos cambiar. En este espacio se genera el respeto, sin jerarquías.

Estamos representadas por un círculo y este representa el cielo, la Luna , a la Diosa. Este círculo es un lugar donde se unen nuestras más puras intensiones, sentires, pensamientos y acciones, en la más completa libertad. Ser un solo sentir, un latido siempre palpitante. Un latido que ha sido poco reconocido. Aquí cada una descubre sus propios misterios, todos bellos. No obstante, para avanzar en este auto descubrimiento, necesitamos además de comprender, también honrar nuestra propia origen, naturaleza y reconocernos en ella.

“Mujeres que Nutren, Crecen y Florecen”, está hecho para ti, porque todas en algún momento nos hemos cansado de ser el contenedor social. Súmate y se parte de este círculo. Puedes hacerlo en tu casa, con tus hijas, vecinas, seamos nuestra propia red de apoyo, es tiempo de respetarnos y cuidarnos entre nosotras mismas.

Por último, regresé hace cinco años a la tierra salada que me vio nacer y desde entonces, he vuelto a ser despeinada por sus vientos y he escuchado su ulular todas las noches."

Gracias a Beatriz, muchas Mujeres encuentran un espacio dónde sentirse abrazadas, comprendidas, valoradas.
Sororidad, meditación y yoga, son tres herramientas fundamentales en este proyecto donde todas somos diferentes y a la vez una misma.

Patricia Valenzuela

jueves, 11 de julio de 2019

Sororidad: acto que salva




Ahora estoy aquí sentada tratando de escribir. Me cuesta tragar saliva, retener las lágrimas. No sé si de rabia o tristeza, dolor o impotencia.  Con la maldita opresión en el pecho que apenas me deja respirar. 
Hoy fue #DanielaRamirez, pero hace tiempo fue Mara y muchas otras mujeres las que han sido encontradas desnudas y mutiladas. Enterradas. Abandonadas en parajes como si fuesen un producto desechable. 
Maldita sea. No basta con golpear la mesa ni la pared. Todas mis emociones están contenidas, no pueden escapar de este cuerpo al que asfixian. Es claro que me sobrepasan. No fue suficiente correr todos esos kilómetros muy temprano. No, no lo fue.

Me considero feminista, leo sobre el tema y busco leer a todas esas mujeres expertas porque quiero aprender, quiero poder debatir con argumentos sólidos  y bien fundamentados. Quiero ayudar a construir un mejor país. Trabajo en mi reconstrucción como mujer. En mi acercamiento con otras mujeres de la comunidad. 
Busco relacionarme con feministas por todos los medios posibles, estrechar lazos de amistad aunque sea de manera virtual a través de las redes sociales.
Busco sentirme acompañada por ellas, porque este camino es árido y difícil. 
En ocasiones desespero, siento que no avanzo, que la información me rebasa, que otras actividades consumen mi tiempo y no leo todo lo que quisiera. 

Ha sido una mañana difícil. Leer la nota sobre un feminicidio más, es sentir como si esto se tratara de la ruleta rusa, que en cualquier momento pueden ser mis hijas las víctimas.
Pienso en el dolor de las madres de esas jóvenes y me quiebro. 
Pienso en la víctima, en su horas de horror y sufrimiento. En cómo un día salió de su casa para dirigirse a la escuela, trabajo, fiesta, sin imaginar siquiera que  sería parte de ésta mortal y aterradora estadística que consume a las mujeres en nuestro país y cuyo móvil, es el machismo y misoginia ancestral. Bajo la mirada impasible de un Gobierno patriarcal incapaz de crear estrategias que nos brinden la seguridad a la que tenemos derecho. Gobierno inepto y corrupto. Cómplice. 

Todo esto  no tiene sentido. Es peor que una pesadilla.

Y por si eso no fuese suficiente, leo en las redes no solo a hombres, a muchas mujeres burlándose del cuerpo de otra mujer, de la forma en que visten, de su peso corporal. Y quienes lo hacen, en otro momento se manifiestan sororas. Increíble. Qué farsa. Qué hipocresía. 
Lo creo de ellos, los hombres. No se cansan de denostar a cuanta mujer se les antoja. De burlarse del lenguaje inclusivo. Se creen seres perfectos y superiores. Pero de mujer a mujer; me enoja, me encoleriza. 
¿De verdad no se dan cuenta lo que pasa en México con nosotras?, ¿les divierte tanto los comentarios e imágenes que suben a las redes ridiculizando a otra mujer? No encuentro justificación para esas acciones. 
Deberíamos estar gritando, exigiendo en las calles, en las redes sociales, nuestro derecho a transitar libres y sin miedo. A vestirnos como se nos plazca. 
Deberíamos callar al macho cuando habla mal de otra mujer frente a nosotras. Enfrentarlos cuando acosa a nuestra compañera de clase o de trabajo. 
Deberíamos hacer muchas cosas juntas y unidas, menos atacarnos. Porque para eso están ellos, los machos-misóginos, pululando en las calles, taxis, oficinas, hospitales, parques, restaurantes, cines, playas. En todo lugar. Acechándonos.
Deberíamos mujeres, cuidarnos y protegernos.  

Hoy me siento cansada, enojada, asqueada, harta de toda esta mierda que las redes sociales exhiben contra la mujer. 

Sin embargo, como luz al final del túnel las veo a ellas, a esas otras feministas. Sé que ellas me entienden, porque se han sentido igual en otros momentos, tal vez ahora mismo. Porque tengo la certeza de que me abrazan en la distancia y todas nos acompañamos y lloramos y también reímos. 

Ellas me hacen fuerte. Gracias. 


"Si el estado tuviera perspectiva de género, si fuera entonces más democrático, no habría tolerancia social a la violencia hacia las mujeres y por lo tanto al feminicidio". (Marcela Lagarde)




Por: Patricia Valenzuela L.


miércoles, 3 de julio de 2019

La memoria de Consuelo y El Boleo


     En la historia las mujeres han sido muchas veces relegadas, la humanidad no ha sido justa y algunas han tenido que vivir al margen, a la sombra del apellido de un hombre, robándoles así una parte de su identidad. En la historia de nuestro pueblo esto no ha sido la excepción. 
Es la segunda ocasión que comento un libro que tiene que ver con Santa Rosalía y cuya protagonista es una mujer. Me resulta gratamente fascinante y sorprendente, porque estos textos han tocado fibras muy íntimas en mí. Estos textos además, dan muestra de la valentía, coraje e influencia que tuvieron estas mujeres en las vidas de sus compañeros, los rostros de la historia. Sin embargo, sin la presencia de ellas, esas historias no serían las que ahora se conocen. Puedo asegurar que esos hombres no formarían ahora parte de la historia de nuestro pueblo a no ser por estas mujeres. 
Así como hace unas semanas conocimos a Hélene André a través de sus cartas (http://tintanegrasr.blogspot.com/2019/05/una-mirada-de-mujer-helene-escalle.html) hoy es el momento de Consuelo; ambas, mujeres que el siglo XIX nos regaló. 
Un año antes de la muerte de la primera, otra luz se encendía para perpetuar y hacer brillar el camino de las mujeres en la historia de Santa Rosalía. 

María Consuelo Corona Encinas nació en Santa Rosalía el dos de diciembre, en la agonía del siglo XIX. De padre y madre de nacionalidad mexicana, se crió aquí mismo, bajo un sol agobiante, sobre áridos suelos. Tuvo una niñez tranquila, sin acontecimientos que la perturbaran sobremanera. Su familia vivió cómodamente ya que su padre se dedicó con bonanza al comercio. 
En 1934  Consuelo contrajo nupcias con un francés que había llegado en 1919 a estas tierras, para trabajar en El Boleo y tiempo después dadas sus aptitudes, fue nombrado Director de la compañía. Fue así como Consuelo se convirtió en la primera mexicana en casarse con un francés.
Sin lugar a dudas, eso le hizo menos difícil la vida a Consuelo, no obstante, a sus treinta y cuatro años su carácter estaba forjado. Deduzco entonces, que su inteligencia y madurez fue de lo que Augusto se enamoró para siempre.


Los textos contenidos en el libro "El Boleo en los diarios de Consuelo Corona de Nopper", que fueron transcritos por Gamaliel Valle Hamburgo de los cuadernos originales de Consuelo -su tía abuela-,   nos abren la puerta a la vida cotidiana de Santa Rosalía, en especial a la etapa final a manos de los franceses. Permiten a la imaginación viajar en el tiempo y ubicarnos perfectamente en cada lugar que Consuelo describe de manera simple y sencilla. Esas páginas dejan ver también el amor que le tuvo a su pueblo y a su gente. Así, Consuelo a través de la lectura nos toma de la mano para que atravesemos con ella el umbral del misterio, como le llamó al poder cabalgar a caballo y conocer los distintos ranchos y serranías, a la par que se dejó alumbrar por los rayos del sol, sobre parajes espectaculares.
Consuelo Corona atestiguó cómo los barcos alemanes se anclaron frente al rompe olas después de descargar el material que traían, así, uno tras otro. "La Guerra Mundial estaba en marcha", escribiría después en las hojas de sus memorias.
Cuenta de su experiencia al conocer al representante del emperador chino que vino a Santa Rosalía y lo que le impresionó su elegante túnica color azul, con un dragón bordado y un collar de piedras rojas.
Escribió del aire de fiesta que se vivía cada sábado de raya, cuando los trabajadores de las minas y sus familias freían chorizos, hacían tamales, menudo y tortillas de harina y por supuesto bebían mezcal.
De su experiencia en el desastre natural de mil novecientos treinta y nueve, cuando las lluvias causaron grandes daños y su impotencia por no poder ayudar más de lo que deseaba.
Cuestionó a los accionistas franceses por no venir; pensó que era el deber que tenían, estar aquí y ser testigos de la admirable obra que juntos, franceses y mexicanos realizaban en esta región tan lejana y hostil. Sin embargo, soy de la opinión que todas las personas que conocemos de la historia de El Boleo, somos conscientes de la desigualdad de condiciones que imperó entre éstos. Sobre todo entre los mineros mexicanos, chinos y yaquis. ¿Pero quién querría venir a éstas tierras? Se preguntó Consuelo. Fue para ellos más sencillo disfrutar a la distancia, entre el lujo y la opulencia, de las ganancias de tan duro trabajo, escribió en su diario.
Preocupada por el futuro de su querido pueblo una vez terminados los trabajo de El Boleo, pidió a uno de los funcionarios mexicanos que lo visitaron, hiciera todo lo necesario para que Santa Rosalía no terminara. Visionaria además, sabía que su pueblo guardaba un gran potencial y no dudaba en que podía llegar a convertirse en un centro turístico importante -visión que en la actualidad a muchas personas y gobiernos les ha faltado-.

Desafortunadamente las circunstancias la llevaron lejos de aquí, a mediados de mil novecientos cincuenta y cuatro, tenía 46 años, Consuelo se despidió no sin gran dolor, de su tierra.
Fue quizás uno de los momentos más tristes de su vida.


Este libro guarda las memorias de una mujer amante de la fotografía y los perros, fiel a su gente, la cual nunca dejó de añorar y preocuparse por ella.
Es sin duda una lectura que debemos darnos el tiempo de hacer. Conocer la historia escrita por una mujer que vivió intensamente y que murió lejos del lugar que la vio nacer sintiendo el mismo e intenso amor por él.



Lectura sugerida: "El Boleo en los diarios de Consuelo Corona de Nopper" (De: Gamaliel Valle Hamburgo y Catalina Balbuena Escobar, compiladores)

Fotografías cortesía de: Gamaliel Valle Hamburgo.



martes, 4 de junio de 2019

El Palmarito: un sendero olvidado



Saliendo de Santa Rosalía, cuarenta kilómetros al norte sobre la carretera Transpeninsular -Ruta 1-, se toma la desviación hacia la derecha en el ejido Bonfil y, sobre otros cuarenta kilómetros ahora de terracería, un camino custodiado por choyas, mezquites, cardones, palo blancos; espectaculares y enormes formaciones rocosas que dejan a la vista sus bien diferenciados estratos -donde el tiempo celosamente ha sido guardado-, se llega al valle de Santa Martha.
Sus pocos habitantes se dedican a la cría de ganado bovino, caprino y aves de corral. A la par de estas actividades, dedican tiempo a ser guías turísticos. Sí, porque en Santa Martha existe uno de los más espectaculares sitios de arte rupestre registrado en el municipio de Mulegé: El Palmarito. 

Para acceder a las pinturas rupestres "El Palmarito o Cuesta del Palmarito -como también se conocen-, tienen de preferencia que contactar al guía con anticipación, lo que pueden hacer a través de la página en Facebook: https://www.facebook.com/santa.martha.1481. Así éste ya los estará esperando y le ganarán un poco de tiempo al sol que conforme avanza el día se muestra implacable. 
El guía es fundamental en este viaje, porque es él quien los ayudará a llegar. Además de que es requisito indispensable su acompañamiento. Así que, una vez en San Martha, deberán dirigirse a casa del señor Patricio, Custodio del INAH, para registrarse en el libro de visitantes y pagar la cuota de setenta y cinco pesos que les dará el derecho de acceder al sitio. A cambio obtendrán un boleto con el que podrán iniciar su colección -así lo hice yo-, ya que después de esta experiencia segura estoy, no podrán dejar de visitar otros sitios de arte rupestre.


Continuando, desde ese punto se trasladarán en vehículo unos tres kilómetros por una accidentada brecha hasta llegar justo donde iniciarán a pie el ascenso. 
Déjenme decirles que no sólo son las pinturas las que sin duda disfrutarán; el paisaje desde que se toma la desviación en la carretera Transpeninsular es digno de admirarse, y aunque puede parecer común a todos los caminos que llevan a cualquier otra sierra, ésta, la de Santa Martha recibe, abraza, toca, penetra. 
Algunos de sus caminos podrán ser casi intransitables, sin embargo, son los saltos que uno da al avanzar en vehículo, las vibraciones de un poderoso corazón que vibra bajo su ambigua tierra. Los cantos de los Cochimíes, sus danzas,  que dan la bienvenida. 

La caminata es de una hora a un "buen paso", con pequeños descansos que sirven para hidratarse, tomar aire y deleitarse con la impresionante vista; vasta. Para escuchar a los distintos tipos de aves que con sus cantos saludan e invitan a continuar. La pendiente del sendero no es tan pronunciada.      Se abre paso entre matorrales y mezquitales. Cruza arroyos por los que en tiempo de lluvia el agua corre de manera vertiginosa y en otras ocasiones son azotados por la asequia. Así se avanza, poco a poco siguiendo al guía que cuenta historias, responde preguntas y nos anima diciéndonos "ya falta poco".


Todo vale la pena: el sol agobiante, el cansancio, el tiempo invertido, todo. Porque a varios metros todavía de distancia, al alzar la vista, se alcanza a observar la imponente bóveda que alberga la historia de los antiguos Californios. Entonces un nuevo brío invade todo el cuerpo, una chispazo eléctrico aviva los ánimos y el  paso se agiliza haciendo a un lado la fatiga. Por fin, unos pasos más se inicia el ascenso por las escaleras de madera, ahí un viejo torote parece cerrar el paso. Él es quien celoso resguarda la historia de miles de años que estamos a unos minutos de contemplar. 

Lo que sigue es indescriptible, por lo general la mayoría de las personas que visitamos estas pinturas nos formulamos preguntas muy similares, las respuestas son las más variadas, porque en esto todo es más que nada, interpretativo. Nadie nunca podrá descifrar todo el misterio que guardan, el por qué fueron pintadas y sobre todo por quienes. 
Así que no queda más que observar, observar y dejar que el pensamiento y la imaginación hagan lo suyo. 

Alguna información dice que estas pinturas son las más antiguas, todavía más que las de San Borjita, que existe la imagen de una figura femenina fechada 9200 años antes del presente. 

El Palmarito forma parte del estilo "Gran Mural", junto con las de San Francisco de la Sierra.

El descenso para regresar es tan sencillo. Silencioso, con menos barullo. Más íntimo. 
La persona camina absorta en sus pensamientos, rumiando imágenes, tratando de descifrar, de armar el rompecabezas. Extasiada del misticismo de "allá arriba".
No hay imaginación suficiente ni inteligencia que sirva para tanto. 




En Santa Martha sus habitantes tiene necesidad de trabajar para sobrevivir. Ellos saben ser guías, les gusta contar la historia de su origen, su tierra y comunidad. Si visitamos las pinturas rupestres les damos esa oportunidad, además de conocer nuestro pasado y maravillarnos con lo que en el año de 1993 fue declarado por la UNESCO, Patrimonio Cultural de la Humanidad.


"Ellos estuvieron aquí y este es su legado".

Lectura sugerida: Historia y arte de la Baja California, de María Teresa Uriarte. ISC

Imágenes de: Patricia Valenzuela/Edgardo Maya.

lunes, 20 de mayo de 2019

Una mirada de mujer; Hélène Escalle.


Vine a vivir a estas tierras tan llenas de sol y desolación, sólo por el inmenso amor que sentía por Pierre, mi amado esposo. A él le tocó cumplir la dura y difícil encomienda de echar a andar El Boleo, era el año de 1885.

Me llamo Hélène Escalle y mi único deseo al escribir, fue mantener el lazo de amor con mi familia y amigos que quedaron atrás, en mi bella y añorada Francia. Las cartas fueron entonces, el único medio posible.
Durante mis días fui testigo del progreso tan importante que experimentó un pueblo que brotó entre el cobre, en el más árido de los desiertos, acogido por lo poderosos brazos de un sol inclemente. Así, en estas 24 epístolas revivo desde otra mirada, lejos de la de los hombres, mi mirada; la vida y costumbres de una raza hasta ese momento extraña para mí.

Durante los dos años que permanecí en El Boleo, no tuve mayor consuelo que escribir, arrebatándole tiempo al tiempo para lograrlo -ya que todo lo contrario de lo planeado, tuve que inmiscuirme en tareas no propias de mi clase social-. Cartas que el Korrigan se encargó de llevar a su destino a través de un mar a veces calmo, otras intempestivo. Algunas veces falló, pero siempre hubo otros aunque más pequeños, que cumplieron la enmienda, llevando así mis letras a sus destinatarios. Imaginen pues lo que significó para mí ese barco.

Al llegar aquí me enfrenté a cosas inimaginables, yo, una mujer acostumbrada vivir en la comodidad, amante de las tertulias, la música clásica, de tocar el piano y de la magnífica comida francesa. Mis esfuerzos por adaptarme a esta vida parca y monótona fueron mayúsculos: Había que racionar el agua, lavar y planchar para evitar que los inconformes causaran problemas a Pierre. El hecho de contar con tan pocas personas con las cuales poder entablar una conversación interesante, me hizo con demasiada frecuencia añorar mi reciente y arrebatada vida en Francia. Sin contar con el agobiante calor.

En este lugar tan apartado del mundo el sol de verano se mostraba siempre implacable, pese a ello, las excursiones que realicé a la pequeña Santa Agueda, las disfruté mucho. Empezando porque la travesía la hacía en mula, atreviéndome en ocasiones a trotar y hasta cabalgar. O los viajes que hice en tren hacia Providencia, de los cuales mis vestidos no salieron bien librados. En esos viajes “ver gentes tan felices a pesar de tanta pobreza, vestidos de manera tan precaria, las mujeres con sus vestidos de indias, sus trenzas y sus pies desnudos, me causó extraña sorpresa. Así como observar a las mujeres ocupadas todas en hacer una masa con la que elaboraron lo que llamaban tortilla. Contemplé sus costumbres religiosas: altares decorados por las mujeres indias con muchos moños de tela sujetos con alfileres, espejos de diferentes dimensiones, grabados, entre muchas otras cosas más. Un poco pagano a mi gusto. En fin, una actitud que rayaba en el fanatismo, era la de esa raza india.
Otro de los ritos que me asombraron, fue el de seis indios que ejecutaron una serie de pasos y gestos, cuya cadencia estaba guiada por el talón. Llevaban una especie de casco animal sobre la cabeza, una camisa muy blanca, un pantalón resplandeciente. Un cinto rojo y negro formaba la parte delantera. Con la mano derecha llevaban el ritmo golpeando una pequeña calabaza llena de balas, ejecutando una música monótona, pero menos agradable y rítmica que la de los violines hechos por los indios.

En El Boleo observé cielos tan llenos de estrellas que bien podía haberme sumergido en sueños sin fin. Me gustaba el mar en calma, y las nubes me dieron muchas veces la impresión de ser pequeños peces coloreados. Cuando el Korrigan arribaba y la correspondencia me era entregada, mi corazón rebozaba de alegría y mi mente pensaba: “que bien se prueba en el exilio, el no sentirse olvidada”. Las cenas se organizaban para celebrar bienvenidas, algunas despedidas, o para halagar a invitados especiales que visitaron por primera vez El Boleo. Estas me llenaban de regocijo. Fueron oportunidades perfectas para recrear ese ambiente tan añorado. Las tertulias, la cenas y bebidas abundantes, sirvieron de respiro y mitigaron un poco la ansiedad de un deseo hasta ese momento no cumplido, el regreso a mi patria. Bailar, cantar, tocar el piano, escuchar música clásica, poesía, todo parecía perfecto.

Por otro lado, la estancia en este pueblo también mermó el carácter de Pierre, se convirtió en una persona más sombría, de carácter gris. Eso no fue mas que por la carga que sobre sus espaldas llevó, al dirigir los pesados destinos de El Boleo. Y a nadie le preocupó tanto esa situación, como a mí.

En las largas y extenuadas cartas que escribí, se me fueron dos años de vida, ¿para qué? A finales de 1888 tuvimos que salir a toda prisa de El Boleo, justo cuando el invierno se dejaba sentir más crudo, todo a causa de una injusticia de la cual fue víctima Pierre.

Sólo penas y tristes recuerdos nos quedaron de este lejano lugar. 

Fue difícil recuperar la estabilidad económica, volver a formar un hogar, reunir a mi familia allá en Francia. Por desgracia Pierre murió mucho antes que yo, y desde entonces me mudé a vivir con una de mis hijas. Hasta que el 8 de septiembre de 1920 frente a mi mar, mi alma se desprendió de mi cuerpo en un último aliento, llevándome los recuerdos del pueblo que se abrió paso en medio del más inhóspito desierto, de sus indios Yaquis, su gente mestiza, recios todos y cuyo sudor mojó estas tierras a la cual se aferraron.




Lectura recomendada: Una mirada de mujer sobre el mineral El Boleo: las cartas de Hélène Escalle 1886-1889.

Fotografía: Edgardo Maya Martínez LDI

jueves, 9 de mayo de 2019

La víspera



Me encuentro en la víspera de mi cumpleaños, si, mi madre me trajo al mundo vía parto vaginal un diez de mayo. Mientras la mayoría se preparaba para asistir al festejo de sus crías en las escuelas, ella sufría los dolores de parto para, a las nueve treinta de la mañana en una clínica del IMSS de la ciudad de Mexicali, dejarme ver la luz de este mundo, ahora tan hostil. 

Para celebrarlo he planeado darme un regalo muy especial. Mañana saldré a correr sobre el camino que lleva a Santa Águeda; son trece km –partiendo de la carretera, hasta donde está una pequeña capilla-. Bueno, el caso es que hace un par de meses sobre ese mismo camino recorrí 15,6 km y mañana quiero dar mi máximo esfuerzo por superar esa marca y por qué no, completar los 21. Ambiciosa, ¿no? Tal vez.

Quiero celebrar así un año más de vida, porque siento que la vida se me va y no quiero que eso pase sin haber hecho tantas cosas que me gustan.
Miedo, nostalgia, alegría, son las emociones que me atraviesan y no hallo como canalizarlas.  Estoy segura que corriendo podré hacerlo. O tal vez escribir -lanzar al viento virtual mi catarsis- ayude también a sacudirme la nostalgia que me tiene bien agarrada ahora. 
Lanzo pues un pedazo de mí envuelto en letras.  

Ha sido un buen año, me siento contenta. He logrado realizar varios proyectos, he viajado, tengo una familia divertida y unida Estoy sana y con energías de seguir con proyectos personales, familiares y para la comunidad. De verdad, la vida me ha tratado muy bien y quiero creer que sí lo merezco, porque me he esforzado por ser una buena persona -ciudadana, pediatra, amiga, compañera de trabajo, mamá y pareja-. Sobre todo he sido buena conmigo, me he querido y de ahí parte todo.

Ayer por la mañana antes de salir a trabajar, mientras me preparaba para ello, me vi en el espejo y examiné mi reflejo y sí, mi piel ya no es tan firme y en mi cabeza empiezan a sobresalir cabellos blancos. Tragué saliva y me entristecí. No les miento, no me gusta estar envejeciendo, sin embargo, tampoco me gustaría ser como era hace 10 o 15 años. 
Me gusta la mujer que he deconstruido, me gusta mucho.

Mañana –en especial- quiero abrazar a las personas que amo, comer mucho pastel y seguir agradeciendo al Universo la oportunidad de vivir, pensar, soñar.

No pido nada, pues ya lo tengo todo.


"Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma".   Anaís Nin (1903-1977), Poeta. 

miércoles, 3 de abril de 2019

Indeleble Tinta Negra


Pensamientos delineados
al filo de la vorágine
Dolor inscrito en un par de letras
-sin significado-
invade las cuerdas vocales
que no tienen voz ni grito
mientras las diminutas pulsiones de melancolía
se contienen en contradictorio enjambre
dejándose devorar por células rojas 
que buscan desembocadura 
Paredes en colapso se besan
agónica y armoniosamente 
Brillo clavado en mi mano derecha
la Libélula indeleble de tinta negra 
vuela alto


miércoles, 27 de marzo de 2019

Terapia de rescate



Hay que pagar por apagar el dolor.
Me siento en el sillón y
entrelazo mis manos frías y sudorosas
para atropelladamente y a bocajarro
dejar que las palabras salgan,
el llanto encuentre su cauce.
Mientras mi interlocutora muy amable
me mira en silencio
desde el otro extremo de la habitación,
podría decir que compasiva, lastimosamente.
Yo termino de partirme,
de fracturarme en mil pedazos.
Mi carne y mis huesos
mi sangre y pensamientos explotan.
Vomito dolor.
Escupo decepción.
Transpiro miedo.
Sin embargo,
no me preocupa secar mis lágrimas
que tienen el mismo sabor del sudor
que pruebo cuando corro o hago el amor.
Ella me ofrece un pañuelo que tomo y no uso.
Respiro profundo y exhalo
para seguir volcando el verborréico monólogo
en ella que escucha la frustración que me aniquila.
Si, hay que pagar por sesenta minutos de calma,
de serenidad.
Por dos oídos atentos.
Por palabras de aliento.
Por un abrazo al finalizar la conversación.
Abrazo que me anima a salir y enfrentar
de nuevo el aplastante mundo
que me asfixia.


miércoles, 30 de enero de 2019

#SenderistasMulegé


El municipio de Mulegé posee paisajes espectaculares, lugares todavía prístinos que el ser humano no ha podido llegar a “tocar”.  Es también –el municipio- parte de la comunidad sudcaliforniana que no termina de aprovechar por completo todo su potencial turístico. 
Todos sabemos de la gran importancia y derrama económica que deja la temporada de avistamiento de ballenas, los recorridos disponibles para conocer una de las salineras más grandes del mundo; el maravilloso arte rupestre resguardado en el corazón de la imponente sierra de San Francisco. Y así, sitios icónicos por demás conocidos, lugares que todas aquellas personas que se jacten de amar el mundo deben o deberían ya haber visitado. Y por supuesto, recomendado ampliamente. No obstante, nuestro municipio tiene entrañas todavía más profundas e íntimas que vibran silentes a la espera que el ojo del ser humano las posea. Áreas estériles, impolutas. Venas y arterias áridas, húmedas, contráctiles, siempre con vida.  
Ante esto, un grupo de personas interesadas en impulsar el turismo alternativo en todo el municipio, hombres y mujeres pertenecientes a las Direcciones de Turismo y del Deporte municipal y estatal, organizaron el primer curso taller de senderismo, aquí en Santa Rosalía.
  
Desde que supe del curso me atrajo la idea de participar; soy amante de recorrer y conocer los rincones más escondidos no sólo del Estado, sino del país completo, y creo que hacerlo de una manera segura y correcta es primordial para disfrutarlo aún más. 

Pues bueno, me inscribí y pasé a formar parte de las más de 30 personas que conformamos el grupo y que recibimos aproximadamente quince horas de teoría, que incluyeron temas por demás interesantes e importantísimos, algunos de ellos fueron fundamentos y conceptos prácticos del senderismo, su relación e impacto con el medio ambiente, seguridad, tipo de material y equipo adecuado e impacto socioeconómico. Expuestos de una manera sencilla y sobre todo práctica. 
Me gustó mucho la relación que todas las personas que asistimos establecimos con el instructor cuya experiencia es vasta y profesional. Cada una de nosotras aportamos algo al compartir  las experiencias de nuestro andar por los senderos  que de manera “empírica” hemos recorrido. 
Fuimos un grupo diverso, mujeres y hombres,  adultos y jóvenes entusiastas con una amplia visión para emprender nuevos proyectos, y que nos quedamos  con las ganas de más, mucho más por querer aprender.  

Pero el culmen del curso fue el domingo dedicado a la práctica de campo.  

La aventura inició a las seis de la mañana en las oficinas de Desarrollo Social, de donde partimos en una caravana de autos hacia el restaurante que se ubica en el complejo volcánico Las Tres Vírgenes, a 30 kilómetros de aquí.  Algunos desayunamos ahí, otros prefirieron pedir sus burritos para llevar y comer durante la jornada. Quien conoce el lugar podrá imaginarse el maravilloso espectáculo de ver al volcán la Virgen iluminándose por los primeros rayos del sol. El luminoso y tierno manto cayendo cálidamente sobre ella -¿o él?- –la Virgen- que se mantuvo altiva y despectiva ante esas caricias. 



El clima que se mostró benévolo permitió disfrutar de tan esplendoroso momento y también por supuesto, tomarnos la clásica fotografía grupal con sendas constancias en mano.  

Una vez que nos adentramos en vehículo quince kilómetros más, pudimos entonces iniciar nuestra travesía a pie. El cañón del Azufre nos abrió sus arterias para que lo recorriéramos.  El principio fue lento, sin embargo, poco a poco tomamos el ritmo del accidentado y pedregoso sendero, cuyo primeros metros  en descenso me hicieron ir con cuidado para no resbalar,  hasta que por fin topamos de frente con la entrada al cañón cuya magnificencia me empequeñeció.  

Me gustó algo que comentó Saúl –el instructor- justo antes de iniciar la caminata, porque coincidí con él; para mí, caminar cualquier sendero es un acto místico, porque lo tomo como oportunidad para la introspección y el análisis. Es la imperante e impostergable necesidad de conectarme con mi ser interior, con la ser humana frágil y vulnerable que se fortalece ante tan imponente paisaje. Es volver a repensar a esas personas que hace miles de años estuvieron ahí mismo viviendo la dura batalla de la vida en un mundo que para nadie más existía, mientras al otro lado del mundo la vida, esa misma, era ya bullicio. Por eso me gusta caminar en silencio y hasta un poco  en soledad. Disfruté la sensación de saberme  fusionada con el pasado, en especial con esas mujeres a las que imagino fuertes, recias, valientes  y amorosas. 
Me asombró observar las capas de estratos en las rocas; si tan solo supiera leer lo que en ellas se inscribe. Me impresionó sobremanera las diferentes tonalidades y texturas de las diversas formaciones rocosas, sus altitudes y sus formas, algunas tan caprichosas. 
Hay tanta información que me gustaría poder entender y retener, como por ejemplo esa gran cantidad de fósiles marinos incrustados en algunas rocas.  
De los momentos más mágicos fue justamente verme y saberme frente y dentro de la cueva de los fósiles. Tener en mis manos objetos de tanto valor histórico, no cualquiera.  Fascinante e inenarrable.


Caminar y caminar bajo un cielo nítido y claramente azulado, escuchar el eco de otras voces perderse en el infinito o llevadas por el viento hacia lugares todavía más inhóspitos y desconocidos, o engullidas por los espíritus de los guerreros, o por las almas inocentes y traviesas de niñas y niños que corrieron desnudos con los ojos entrecerrados mirando al Sol. Todo valió la pena. 
Observé restos de obsidiana, seguramente con la que fabricaron sus flechas y utilizaron para cazar y finalmente alimentarse para poder sobrevivir. 
Me dijeron que ese lugar es muy importante ya que fue la principal cantera de obsidiana de toda la península. 
Tengo  grabado de manera nítida el pequeño ojo de agua que encontramos a nuestro paso, la gran higuera, las zonas donde la ceniza cubre el suelo, el zalate cuya raíz emergía hegemónica de una  roca. Y bueno, las pinturas rupestres; una pequeña cueva donde observé figuras pequeñas -nada que ver con el gran mural en La Pintada, de San Francisco de la Sierra- en forma de animales –ballenas, quizá-, otras que me parecieron estrellas fugaces o medusas, otra langosta, no lo sé y algunas líneas que según mi apreciación forman las siluetas de los tres volcanes.


En fin, cada quien interpreta lo que quiere o lo que puede ver. Al final nuestras conclusiones son el  resultado de una extraña y ambigua combinación: conocimientos e imaginación. Según estos entonces, según los conjuguemos,  resultará lo extenso o corto de la historia que fabriquemos, que alimentemos o soñemos y eso no tiene comparación. El ejercicio de contar y compartir lo que pensamos, creemos y sentimos es el plus en este tipo de recorridos. 
Ese fue el punto de retorno, muchos en silencio debido al cansancio. Cinco horas de caminata empezaron a hacer mella en la conversación y en el andar que se tornó menos ávido, más parsimonioso. Mi paso fue un intentar digerir la carga de historia que emana de ese cañón y sus hermosos y sinuosos y místicos senderos. 
Regresar con el viento frío golpeándome el rostro, fue como si la naturaleza intentase volverme a la realidad. Con el cansancio dentro de mis botas, sobre mis hombros y espalda. Con la mente aturdida, algo semejante a haber vivido un revelador sueño ancestral. En el que desperté y volví a ver que los tres volcanes permanecían inmutables y solemnes  e igual de majestuosos.  

La Virgen, el Viejo y el Azufre: herencia de la naturaleza al romper la tierra.


Todas las personas que asistimos sabemos perfectamente qué instituciones hicieron posible este primer curso taller de senderismo, (Dirección de Turismo e INSUDE) sin embargo para mí, tuvo rostro de mujer. Una mujer que a pesar de tener poco tiene de conocer, admiro. Es líder, inteligente, entusiasta, visionaria, emprendedora, sorora. Este viaje  le constó caídas, torceduras y algunos incidentes más, que por fortuna no fueron graves (a menos que la Pega-pega no se le haya quitado ni con la lavadora). 
Agradezco con todo mi corazón a Verónica García, porque puso su alma para que este evento tuviera los mejores resultados, lo logró sin duda. 

Deseo que este sea el inicio de una serie de cursos para capacitar a todas las personas interesadas en hacer turismo alternativo en el municipio, para así darle una proyección diferente, más diversa a Mulegé.  Así turistas y locales podremos seguir conociendo los hermosos senderos que nos habitan y nos llevan a encontrarnos no únicamente con esa naturaleza, sino con otra parte de la propia, la que cada uno posee.
Que Mulegé se enriquezca también en cultura ambiental para poder hacernos más conscientes de los tesoros que nos rodean y de todo lo que debemos trabajar para ya no seguir lastimando su medio ambiente.

Gracias a todas las personas involucradas, espero que el sendero de la vida en algún momento nos vuelva a reunir.



Patricia Valenzuela Lugo
https://www.instagram.com/libelula_10/


“…sentí que mis pulmones se inflaban con la avalancha de escenarios: aire, montañas, árboles, personas. Pensé: esto es lo que es ser feliz.”  

De: Sylvia Plath (poeta estadounidense).

Lecturas sugeridas:

1.- Historia y arte de la Baja California, de María Teresa Uriarte.

2.- Pinturas rupestres, misiones y oasis de la península de Baja California, de Elizabeth Acosta            Mendía, María de la Luz Gutiérrez, Leonardo Varela Cabral.