jueves, 26 de octubre de 2017

Trescientos sesenta y cinco días de orfandad


Hace un año nuestros destinos de manera definitiva se bifurcaron. De manera literal. 

Como ya lo sabes, me dirigí ese día -contra toda mi voluntad- en dirección opuesta a donde tu cuerpo yacía sin vida. 
Un año ya de ésta orfandad que me heredaste y no logro superar. Todo lo contrario, a ratos me inunda, me resulta insoportable.

Me dueles profundamente. Me duele no haber podido llorar –te-. Me quiebra la distancia que me separó de ti ese día. Todas las lágrimas que me tragué. Y no me es suficiente, no, no me es, la idea de saber que por fin descansas; no sé si más de la ausencia de mi padre y la nostalgia que te causó o de tu enfermedad. Lo siento, pero el egoísmo a veces me traiciona.

Todavía me da por pensar si de llamar por teléfono a la que fue tu casa será tu voz la que responda.

Me duele tu ausencia quizá más que hace un año.

Te he soñado. En las últimas semanas has estado presente en mis sueños y en todos ellos me miras. Justo como la última noche que te hice compañía. Cuando nuestras miradas se encontraron en la penumbra de tu cuarto, entre tu inquietud y  desvaríos y mi desesperación y cansancio.

Me duele haber salido huyendo de tu casa. Créeme y perdóname por favor. No fue cobardía -sé que lo sabes- aunque así lo haya parecido- Huí del dolor de no tener como ayudarte –porque nada había que hacer-, de la ansiedad que tu estado me generó, de la tristeza de ser incapaz de negar que el final se encontraba a la vuelta de la esquina. De la impotencia de no encontrar cómo gritarle a la vida, al destino o al mismo Dios por qué te dio tanta agonía. 
Simple y sencillamente solté tu mano y salí casi corriendo de tu casa, llena de miedo.
No fui valiente –como tú- para encarar la muerte. Su aroma.

Hace apenas dos meses y medio me senté frente a tu tumba. Hacía calor a pesar de ser muy de mañana. No te llevé flores. Tampoco pude decirte nada. Sólo encontré dos faltas de ortografía en tu lápida.
No pude hablar porque algo estuvo apretando por dentro mi garganta. Supongo que fue sudor lo que me escurrió por los ojos y la cara. Segura, fue la brisa matinal la que se llevó las palabras.
Rocé con mi mano izquierda las ocho letras de tu nombre antes de levantarme y me alejé.

No he vuelto a tu casa. Sigo huyendo -no es por cobardía-.

Me doy cuenta cómo todos tus hijos giramos en torno a tu recuerdo, desorientados, perdidos. Incapaces de ser la amalgama que fuiste en vida y que nos mantuvo unidos. Hacemos como que sí, pero no. 

Un año, madre. Un año. Insisto en repetirlo –un año- porque me parece tan poco y a la vez tanto. 

Sólo con la muerte el tiempo pierde su sentido.

Y al final nunca me atreví a preguntarte: -y es hora que no puedo sacarme la duda de la mente- ¿cómo pudiste vivir tanto tiempo sin mi padre?


En memoria de Carmen Lugo Dominguez (16 de julio 1936-27 de octubre 2016)

domingo, 23 de julio de 2017

(Sin) Despedida

     

    Era una tarde de primavera y el sol aún no se ponía. En el ambiente el aroma a flores vibraba al tiempo que se esparcía, movido por la casi imperceptible brisa de un mar obsequioso. La calle vacía de transeúntes, arrullaba a perros y gatos que parecían haber olvidado por un momento sus rivalidades.

Yo fui a despedirme de él. A decirle que lo sentía. Que no lo olvidaría. Que la vida se impone en muchas cosas y en otras tantas, nuestros propios deseos.  

Golpeé la puerta del patio de su casa hasta sangrarme el puño. Concentré en cada uno de los golpes todas las ansias que en esa época se removían en mis adentros como larvas, y carcomían lenta pero eficazmente mi ser interno. La puerta no se abrió, todo lo contrario; permaneció estoica, íntegra, inerte y fulgurante. 
Como si tuviese vida la reté con la mirada. Toda la madera que la constituye se burló de mí. Al menos eso imaginé.

De pie, a escasos centímetros de la puerta, escuché el olfateo del perro que pareció reconocer mi presencia allí afuera, porque lloró y rascó.  Con voz queda le hablé a su mascota –que más lloró y rascó- como lo hice tantas veces mientras se tendía a mis pies, para que le acariciara, bajo la sombra del robusto árbol de mango y al compás del suave balanceo de la poltrona, herencia familiar, según supe una de tantas tardes. 
Al fin su mascota se cansó o terminó por darse cuenta que por más que se esforzara, no podría posar sus enormes patas en mí y en mi ropa limpia. Dejó entonces de rascar, olfatear y llorar y escuché cómo, con andar parsimonioso se alejó.
El silencio se hizo presente otra vez, interrumpido casi de ipso facto, por una canción de moda proveniente de la casa vecina. Mientras tanto, yo seguía ahí, ante aquella fortaleza, con las manos sudorosas y doloridas. Con el corazón contrito, latiendo con rudeza. Áspero. Inquiriéndome por qué él no decidía salir.

Ignoro cuánto tiempo habría transcurrido hasta que me convencí que lo esperado no sucedería.

El horizonte que abrazaba al sol que sucumbía, parecía sangrar y desbordar por el cielo filamentos exangües y finitos.
Un cataclismo crepuscular hermoso y efímero. Algo parecido al amor.

El tiempo se había devaluado –cual peso frente al dólar-.
Así, de esa magnitud fue que me perdí en mis cavilaciones frente a su puerta, apretando fuerte contra el pecho los libros –que le llevaba porque le pertenecen- como si quisiese guardar en ellos mis latidos y respiración, para  el día que él los abra, me lea.

Sin tratar de contener las lágrimas dejé que éstas fluyeran. Lloré sin consuelo, como se hace ante lo irremediable, ante la sensación de vacío. Como se le llora al amigo o amiga que se pierde. Lloré porque entendí que para él no hizo falta despedida alguna.
Ante la separación todo estuvo dicho.

La decepción y desilusión terminan con cualquier sentimiento, incluso el amor.

Sequé mis lágrimas y me di media vuelta para regresar por donde llegué; en ese brevísimo instante alcancé a ver a través del resquicio formado por la puerta y uno de sus marcos, una silueta alargada. Sombra que apenas respiraba. Era él, indeciso entre salir o no, retenerme o dejarme ir.

Al final optó por lo último e irónicamente sentí alivio. 

Estoy segura que ambos supimos que ni todas las palabras del mundo podrían cambiar el curso de las cosas. Así que termine por irme de ahí. Llegué a casa y dejé sus libros dentro de una caja. Desde entonces yacen en espera que sea el destino el que marque la pauta y puedan volver a donde pertenecen. 






lunes, 8 de mayo de 2017



Tregua a mi tempestad interna,
oído abierto a este grito catártico.
Tacto desesperado sobre mi piel convulsa,
costa donde encallar el deseo reprimido.
Hombro para llorar,
silencio que abraza y abrasa.
Playa donde desnuda viajo en libertad,
pista a la espera de mi mente turbulenta.
Sexo ansioso que aguarda mi despojo.
Cuerpo en calma que esconde un corazón agitado,
cenizas de donde resurges una y otra vez.
Animal racional dispuesto cabalgar.
Mi amanecer y anochecer preferido,
abismo y páramo.
Capítulo sin concluir.
Pieza que me completa,
sangre que alimenta mis venas.
Donde quiero permanecer.
El destino final de mi recorrer.





Imagen: Hombre y mujer abrazados.
Tomado de internet.

lunes, 27 de febrero de 2017

Ansiedad


Te escribo con la sensación de malestar en la piel; en mi cuerpo que desde hace tiempo te necesita.
Ahora el malestar también es orgánico, pues el dolor se extendió al músculo cardiaco. 
Sin embargo, de todas formas y a pesar de, sigo necesitándote, es decir, este cuerpo abandonado.
No me son suficientes tus besos y abrazos. Cada minúscula parte de mí exige tu presencia. No me basta el roce de tu ropa. Mi piel quiere empatarse con la tuya, adherirse, humedecerse. Que seamos una.
Las ansias de ti me sobrepasan. 
Me consumo sobre el colchón de mi cama en la densidad de la madrugada. 
Ahogo mi sed de ti en la profundidad del silencio. En la quemante oscuridad del invierno.
Dejo en la almohada un grito que se niega a callar que me haces falta. 

sábado, 21 de enero de 2017

¿Dónde te encuentro?


Si en el lugar que te dejé ya no estás.
Tu voz se perdió en el cable del auricular que hace meses ya no suena.
No hay ya, distancia que nos separe. No hay llanos, montañas ni valles.
Casi todos los recuerdos se fueron contigo –no quisieron quedarse-.
Me cuentan que descansas en un lugar solitario, bajo un montón de tierra.  Donde el silencio resguarda tu puerta, y el viento te arrulla mientras permaneces ajena. 
En aquellas tierras los que te quieren también permanecen inmóviles y sin aliento, nada los hace diferentes a ti, excepto que ellos continúan vivos.
Yaces solitaria.
Cómo hago;
para devolverte el último beso que me diste;
regresar el color a tu piel papel de china,
el sonido a tu voz agónica y desesperada.
Cómo calmar los estertores que te condujeron a la oscuridad eterna;
plantarme frente a ti y desviar el rumbo de tu mirada que seguía los anuncios luminosos, marcándote la salida del sufrimiento y dolor.
Dónde te encuentro.
Quiero regresarte el último beso que me diste y que desde entonces llevo palpitante entre mis manos.
Manos que te dijeron adiós esa triste mañana octubre.


Imagen: "Procesión en la niebla", 1828, Ernst Ferdinand Oehme.


martes, 10 de enero de 2017

Cavilaciones.


Divago en pensamientos inconexos. Entre disparatados e irrisorios anhelos.

En apariencia estamos tan cerca, sin embargo, la infranqueable baya construida de pequeños abismos ha creado un gran hoyo negro.

¿Qué piensas?, ¿qué deseas? Dímelo –otra vez.-

A mí me gustaría que conversáramos con más frecuencia, y en esas charlas contarte mis más profundos pensamientos, mis secretos más oscuros. Por ejemplo: de los ultrajes que sufrí en mi adolescencia. Del pequeño hijo que perdí o del gran amor que dejé partir. También hablarte de mis sueños, de lo grandes que estos son. Y… ¿por qué no?, hacerte saber lo que me aterra la vejez y muerte subsecuente -como a muchos, lo sé-. Mis debilidades y tropiezos, que tal vez son más que los aciertos.

Me gustaría ir contigo de paseo. Recorrer lugares solitarios y prístinos. Escalar montañas. Surcar mares y desiertos. Saltar al infinito. Tumbarnos sobre las playas arenosas, mientras una ola de blanco y espumoso vértice nos moja.  Dejar a los oblicuos rayos del sol tocarnos, hasta que la refracción lo queme todo con voraz lentitud. Así como lo hace la pasión que llevamos y nos consume por dentro.
Y ya, cuando el cielo se vuelva todo negro, seguir ahí contando estrellas hasta nombrarlas todas. Descubrir de nuevo la Vía Láctea y bebernos su leche a pequeñas cucharadas. Empacharnos de su mágica luminosidad. Volvernos eternos, etéreos, efímeros. Volvernos suspiro. Poesía. Un cuento.

Me gustaría escucharte decir lo que te inspiro. Que soy respiro, palpitar, ola, viento y mar. Sobre todo mar.

Escuchar que aparezco en tus espejismos mientras caminas por la calle repleta de ruido, queriéndome alcanzar. Cuando lees las hojas de algún libro, en cada frase, letra, vocal. O al escribir la última estrofa de tu verso preferido.
Mientras duermes soy yo tu delirio.

Me gustaría sentir tu mano recorrer mi espalda hasta el final de su camino. A tus dedos enredarse en mi enjambre de vello tan negro como tus ojos, al buscar el interruptor que enciende el deseo. Que me atraigas, arrastres hacia ti anclado más allá de mi cintura. Compartir tu aliento, tu líquida saliva, tu lengua combativa.
Beber y fumar de tu boca todas las veces que los besos se repitan. Respirarte, olerte, saborearte. Construirte con mi fuego.
Sentir la ebullición de tu cuerpo descargada en mí. 
Acompañarte en tu viaje de ida y de regreso. Ahítos.

¿Será acaso esto una utopía o el sueño demencial por tu lejanía?


Imagen: La alcoba de Venus.