martes, 4 de junio de 2019

El Palmarito: un sendero olvidado



Saliendo de Santa Rosalía, cuarenta kilómetros al norte sobre la carretera Transpeninsular -Ruta 1-, se toma la desviación hacia la derecha en el ejido Bonfil y, sobre otros cuarenta kilómetros ahora de terracería, un camino custodiado por choyas, mezquites, cardones, palo blancos; espectaculares y enormes formaciones rocosas que dejan a la vista sus bien diferenciados estratos -donde el tiempo celosamente ha sido guardado-, se llega al valle de Santa Martha.
Sus pocos habitantes se dedican a la cría de ganado bovino, caprino y aves de corral. A la par de estas actividades, dedican tiempo a ser guías turísticos. Sí, porque en Santa Martha existe uno de los más espectaculares sitios de arte rupestre registrado en el municipio de Mulegé: El Palmarito. 

Para acceder a las pinturas rupestres "El Palmarito o Cuesta del Palmarito -como también se conocen-, tienen de preferencia que contactar al guía con anticipación, lo que pueden hacer a través de la página en Facebook: https://www.facebook.com/santa.martha.1481. Así éste ya los estará esperando y le ganarán un poco de tiempo al sol que conforme avanza el día se muestra implacable. 
El guía es fundamental en este viaje, porque es él quien los ayudará a llegar. Además de que es requisito indispensable su acompañamiento. Así que, una vez en San Martha, deberán dirigirse a casa del señor Patricio, Custodio del INAH, para registrarse en el libro de visitantes y pagar la cuota de setenta y cinco pesos que les dará el derecho de acceder al sitio. A cambio obtendrán un boleto con el que podrán iniciar su colección -así lo hice yo-, ya que después de esta experiencia segura estoy, no podrán dejar de visitar otros sitios de arte rupestre.


Continuando, desde ese punto se trasladarán en vehículo unos tres kilómetros por una accidentada brecha hasta llegar justo donde iniciarán a pie el ascenso. 
Déjenme decirles que no sólo son las pinturas las que sin duda disfrutarán; el paisaje desde que se toma la desviación en la carretera Transpeninsular es digno de admirarse, y aunque puede parecer común a todos los caminos que llevan a cualquier otra sierra, ésta, la de Santa Martha recibe, abraza, toca, penetra. 
Algunos de sus caminos podrán ser casi intransitables, sin embargo, son los saltos que uno da al avanzar en vehículo, las vibraciones de un poderoso corazón que vibra bajo su ambigua tierra. Los cantos de los Cochimíes, sus danzas,  que dan la bienvenida. 

La caminata es de una hora a un "buen paso", con pequeños descansos que sirven para hidratarse, tomar aire y deleitarse con la impresionante vista; vasta. Para escuchar a los distintos tipos de aves que con sus cantos saludan e invitan a continuar. La pendiente del sendero no es tan pronunciada.      Se abre paso entre matorrales y mezquitales. Cruza arroyos por los que en tiempo de lluvia el agua corre de manera vertiginosa y en otras ocasiones son azotados por la asequia. Así se avanza, poco a poco siguiendo al guía que cuenta historias, responde preguntas y nos anima diciéndonos "ya falta poco".


Todo vale la pena: el sol agobiante, el cansancio, el tiempo invertido, todo. Porque a varios metros todavía de distancia, al alzar la vista, se alcanza a observar la imponente bóveda que alberga la historia de los antiguos Californios. Entonces un nuevo brío invade todo el cuerpo, una chispazo eléctrico aviva los ánimos y el  paso se agiliza haciendo a un lado la fatiga. Por fin, unos pasos más se inicia el ascenso por las escaleras de madera, ahí un viejo torote parece cerrar el paso. Él es quien celoso resguarda la historia de miles de años que estamos a unos minutos de contemplar. 

Lo que sigue es indescriptible, por lo general la mayoría de las personas que visitamos estas pinturas nos formulamos preguntas muy similares, las respuestas son las más variadas, porque en esto todo es más que nada, interpretativo. Nadie nunca podrá descifrar todo el misterio que guardan, el por qué fueron pintadas y sobre todo por quienes. 
Así que no queda más que observar, observar y dejar que el pensamiento y la imaginación hagan lo suyo. 

Alguna información dice que estas pinturas son las más antiguas, todavía más que las de San Borjita, que existe la imagen de una figura femenina fechada 9200 años antes del presente. 

El Palmarito forma parte del estilo "Gran Mural", junto con las de San Francisco de la Sierra.

El descenso para regresar es tan sencillo. Silencioso, con menos barullo. Más íntimo. 
La persona camina absorta en sus pensamientos, rumiando imágenes, tratando de descifrar, de armar el rompecabezas. Extasiada del misticismo de "allá arriba".
No hay imaginación suficiente ni inteligencia que sirva para tanto. 




En Santa Martha sus habitantes tiene necesidad de trabajar para sobrevivir. Ellos saben ser guías, les gusta contar la historia de su origen, su tierra y comunidad. Si visitamos las pinturas rupestres les damos esa oportunidad, además de conocer nuestro pasado y maravillarnos con lo que en el año de 1993 fue declarado por la UNESCO, Patrimonio Cultural de la Humanidad.


"Ellos estuvieron aquí y este es su legado".

Lectura sugerida: Historia y arte de la Baja California, de María Teresa Uriarte. ISC

Imágenes de: Patricia Valenzuela/Edgardo Maya.

lunes, 20 de mayo de 2019

Una mirada de mujer; Hélène Escalle.


Vine a vivir a estas tierras tan llenas de sol y desolación, sólo por el inmenso amor que sentía por Pierre, mi amado esposo. A él le tocó cumplir la dura y difícil encomienda de echar a andar El Boleo, era el año de 1885.

Me llamo Hélène Escalle y mi único deseo al escribir, fue mantener el lazo de amor con mi familia y amigos que quedaron atrás, en mi bella y añorada Francia. Las cartas fueron entonces, el único medio posible.
Durante mis días fui testigo del progreso tan importante que experimentó un pueblo que brotó entre el cobre, en el más árido de los desiertos, acogido por lo poderosos brazos de un sol inclemente. Así, en estas 24 epístolas revivo desde otra mirada, lejos de la de los hombres, mi mirada; la vida y costumbres de una raza hasta ese momento extraña para mí.

Durante los dos años que permanecí en El Boleo, no tuve mayor consuelo que escribir, arrebatándole tiempo al tiempo para lograrlo -ya que todo lo contrario de lo planeado, tuve que inmiscuirme en tareas no propias de mi clase social-. Cartas que el Korrigan se encargó de llevar a su destino a través de un mar a veces calmo, otras intempestivo. Algunas veces falló, pero siempre hubo otros aunque más pequeños, que cumplieron la enmienda, llevando así mis letras a sus destinatarios. Imaginen pues lo que significó para mí ese barco.

Al llegar aquí me enfrenté a cosas inimaginables, yo, una mujer acostumbrada vivir en la comodidad, amante de las tertulias, la música clásica, de tocar el piano y de la magnífica comida francesa. Mis esfuerzos por adaptarme a esta vida parca y monótona fueron mayúsculos: Había que racionar el agua, lavar y planchar para evitar que los inconformes causaran problemas a Pierre. El hecho de contar con tan pocas personas con las cuales poder entablar una conversación interesante, me hizo con demasiada frecuencia añorar mi reciente y arrebatada vida en Francia. Sin contar con el agobiante calor.

En este lugar tan apartado del mundo el sol de verano se mostraba siempre implacable, pese a ello, las excursiones que realicé a la pequeña Santa Agueda, las disfruté mucho. Empezando porque la travesía la hacía en mula, atreviéndome en ocasiones a trotar y hasta cabalgar. O los viajes que hice en tren hacia Providencia, de los cuales mis vestidos no salieron bien librados. En esos viajes “ver gentes tan felices a pesar de tanta pobreza, vestidos de manera tan precaria, las mujeres con sus vestidos de indias, sus trenzas y sus pies desnudos, me causó extraña sorpresa. Así como observar a las mujeres ocupadas todas en hacer una masa con la que elaboraron lo que llamaban tortilla. Contemplé sus costumbres religiosas: altares decorados por las mujeres indias con muchos moños de tela sujetos con alfileres, espejos de diferentes dimensiones, grabados, entre muchas otras cosas más. Un poco pagano a mi gusto. En fin, una actitud que rayaba en el fanatismo, era la de esa raza india.
Otro de los ritos que me asombraron, fue el de seis indios que ejecutaron una serie de pasos y gestos, cuya cadencia estaba guiada por el talón. Llevaban una especie de casco animal sobre la cabeza, una camisa muy blanca, un pantalón resplandeciente. Un cinto rojo y negro formaba la parte delantera. Con la mano derecha llevaban el ritmo golpeando una pequeña calabaza llena de balas, ejecutando una música monótona, pero menos agradable y rítmica que la de los violines hechos por los indios.

En El Boleo observé cielos tan llenos de estrellas que bien podía haberme sumergido en sueños sin fin. Me gustaba el mar en calma, y las nubes me dieron muchas veces la impresión de ser pequeños peces coloreados. Cuando el Korrigan arribaba y la correspondencia me era entregada, mi corazón rebozaba de alegría y mi mente pensaba: “que bien se prueba en el exilio, el no sentirse olvidada”. Las cenas se organizaban para celebrar bienvenidas, algunas despedidas, o para halagar a invitados especiales que visitaron por primera vez El Boleo. Estas me llenaban de regocijo. Fueron oportunidades perfectas para recrear ese ambiente tan añorado. Las tertulias, la cenas y bebidas abundantes, sirvieron de respiro y mitigaron un poco la ansiedad de un deseo hasta ese momento no cumplido, el regreso a mi patria. Bailar, cantar, tocar el piano, escuchar música clásica, poesía, todo parecía perfecto.

Por otro lado, la estancia en este pueblo también mermó el carácter de Pierre, se convirtió en una persona más sombría, de carácter gris. Eso no fue mas que por la carga que sobre sus espaldas llevó, al dirigir los pesados destinos de El Boleo. Y a nadie le preocupó tanto esa situación, como a mí.

En las largas y extenuadas cartas que escribí, se me fueron dos años de vida, ¿para qué? A finales de 1888 tuvimos que salir a toda prisa de El Boleo, justo cuando el invierno se dejaba sentir más crudo, todo a causa de una injusticia de la cual fue víctima Pierre.

Sólo penas y tristes recuerdos nos quedaron de este lejano lugar. 

Fue difícil recuperar la estabilidad económica, volver a formar un hogar, reunir a mi familia allá en Francia. Por desgracia Pierre murió mucho antes que yo, y desde entonces me mudé a vivir con una de mis hijas. Hasta que el 8 de septiembre de 1920 frente a mi mar, mi alma se desprendió de mi cuerpo en un último aliento, llevándome los recuerdos del pueblo que se abrió paso en medio del más inhóspito desierto, de sus indios Yaquis, su gente mestiza, recios todos y cuyo sudor mojó estas tierras a la cual se aferraron.




Lectura recomendada: Una mirada de mujer sobre el mineral El Boleo: las cartas de Hélène Escalle 1886-1889.

Fotografía: Edgardo Maya Martínez LDI

jueves, 9 de mayo de 2019

La víspera



Me encuentro en la víspera de mi cumpleaños, si, mi madre me trajo al mundo vía parto vaginal un diez de mayo. Mientras la mayoría se preparaba para asistir al festejo de sus crías en las escuelas, ella sufría los dolores de parto para, a las nueve treinta de la mañana en una clínica del IMSS de la ciudad de Mexicali, dejarme ver la luz de este mundo, ahora tan hostil. 

Para celebrarlo he planeado darme un regalo muy especial. Mañana saldré a correr sobre el camino que lleva a Santa Águeda; son trece km –partiendo de la carretera, hasta donde está una pequeña capilla-. Bueno, el caso es que hace un par de meses sobre ese mismo camino recorrí 15,6 km y mañana quiero dar mi máximo esfuerzo por superar esa marca y por qué no, completar los 21. Ambiciosa, ¿no? Tal vez.

Quiero celebrar así un año más de vida, porque siento que la vida se me va y no quiero que eso pase sin haber hecho tantas cosas que me gustan.
Miedo, nostalgia, alegría, son las emociones que me atraviesan y no hallo como canalizarlas.  Estoy segura que corriendo podré hacerlo. O tal vez escribir -lanzar al viento virtual mi catarsis- ayude también a sacudirme la nostalgia que me tiene bien agarrada ahora. 
Lanzo pues un pedazo de mí envuelto en letras.  

Ha sido un buen año, me siento contenta. He logrado realizar varios proyectos, he viajado, tengo una familia divertida y unida Estoy sana y con energías de seguir con proyectos personales, familiares y para la comunidad. De verdad, la vida me ha tratado muy bien y quiero creer que sí lo merezco, porque me he esforzado por ser una buena persona -ciudadana, pediatra, amiga, compañera de trabajo, mamá y pareja-. Sobre todo he sido buena conmigo, me he querido y de ahí parte todo.

Ayer por la mañana antes de salir a trabajar, mientras me preparaba para ello, me vi en el espejo y examiné mi reflejo y sí, mi piel ya no es tan firme y en mi cabeza empiezan a sobresalir cabellos blancos. Tragué saliva y me entristecí. No les miento, no me gusta estar envejeciendo, sin embargo, tampoco me gustaría ser como era hace 10 o 15 años. 
Me gusta la mujer que he deconstruido, me gusta mucho.

Mañana –en especial- quiero abrazar a las personas que amo, comer mucho pastel y seguir agradeciendo al Universo la oportunidad de vivir, pensar, soñar.

No pido nada, pues ya lo tengo todo.


"Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma".   Anaís Nin (1903-1977), Poeta. 

miércoles, 3 de abril de 2019

Indeleble Tinta Negra


Pensamientos delineados
al filo de la vorágine
Dolor inscrito en un par de letras
-sin significado-
invade las cuerdas vocales
que no tienen voz ni grito
mientras las diminutas pulsiones de melancolía
se contienen en contradictorio enjambre
dejándose devorar por células rojas 
que buscan desembocadura 
Paredes en colapso se besan
agónica y armoniosamente 
Brillo clavado en mi mano derecha
la Libélula indeleble de tinta negra 
vuela alto


miércoles, 27 de marzo de 2019

Terapia de rescate



Hay que pagar por apagar el dolor.
Me siento en el sillón y
entrelazo mis manos frías y sudorosas
para atropelladamente y a bocajarro
dejar que las palabras salgan,
el llanto encuentre su cauce.
Mientras mi interlocutora muy amable
me mira en silencio
desde el otro extremo de la habitación,
podría decir que compasiva, lastimosamente.
Yo termino de partirme,
de fracturarme en mil pedazos.
Mi carne y mis huesos
mi sangre y pensamientos explotan.
Vomito dolor.
Escupo decepción.
Transpiro miedo.
Sin embargo,
no me preocupa secar mis lágrimas
que tienen el mismo sabor del sudor
que pruebo cuando corro o hago el amor.
Ella me ofrece un pañuelo que tomo y no uso.
Respiro profundo y exhalo
para seguir volcando el verborréico monólogo
en ella que escucha la frustración que me aniquila.
Si, hay que pagar por sesenta minutos de calma,
de serenidad.
Por dos oídos atentos.
Por palabras de aliento.
Por un abrazo al finalizar la conversación.
Abrazo que me anima a salir y enfrentar
de nuevo el aplastante mundo
que me asfixia.


miércoles, 30 de enero de 2019

#SenderistasMulegé


El municipio de Mulegé posee paisajes espectaculares, lugares todavía prístinos que el ser humano no ha podido llegar a “tocar”.  Es también –el municipio- parte de la comunidad sudcaliforniana que no termina de aprovechar por completo todo su potencial turístico. 
Todos sabemos de la gran importancia y derrama económica que deja la temporada de avistamiento de ballenas, los recorridos disponibles para conocer una de las salineras más grandes del mundo; el maravilloso arte rupestre resguardado en el corazón de la imponente sierra de San Francisco. Y así, sitios icónicos por demás conocidos, lugares que todas aquellas personas que se jacten de amar el mundo deben o deberían ya haber visitado. Y por supuesto, recomendado ampliamente. No obstante, nuestro municipio tiene entrañas todavía más profundas e íntimas que vibran silentes a la espera que el ojo del ser humano las posea. Áreas estériles, impolutas. Venas y arterias áridas, húmedas, contráctiles, siempre con vida.  
Ante esto, un grupo de personas interesadas en impulsar el turismo alternativo en todo el municipio, hombres y mujeres pertenecientes a las Direcciones de Turismo y del Deporte municipal y estatal, organizaron el primer curso taller de senderismo, aquí en Santa Rosalía.
  
Desde que supe del curso me atrajo la idea de participar; soy amante de recorrer y conocer los rincones más escondidos no sólo del Estado, sino del país completo, y creo que hacerlo de una manera segura y correcta es primordial para disfrutarlo aún más. 

Pues bueno, me inscribí y pasé a formar parte de las más de 30 personas que conformamos el grupo y que recibimos aproximadamente quince horas de teoría, que incluyeron temas por demás interesantes e importantísimos, algunos de ellos fueron fundamentos y conceptos prácticos del senderismo, su relación e impacto con el medio ambiente, seguridad, tipo de material y equipo adecuado e impacto socioeconómico. Expuestos de una manera sencilla y sobre todo práctica. 
Me gustó mucho la relación que todas las personas que asistimos establecimos con el instructor cuya experiencia es vasta y profesional. Cada una de nosotras aportamos algo al compartir  las experiencias de nuestro andar por los senderos  que de manera “empírica” hemos recorrido. 
Fuimos un grupo diverso, mujeres y hombres,  adultos y jóvenes entusiastas con una amplia visión para emprender nuevos proyectos, y que nos quedamos  con las ganas de más, mucho más por querer aprender.  

Pero el culmen del curso fue el domingo dedicado a la práctica de campo.  

La aventura inició a las seis de la mañana en las oficinas de Desarrollo Social, de donde partimos en una caravana de autos hacia el restaurante que se ubica en el complejo volcánico Las Tres Vírgenes, a 30 kilómetros de aquí.  Algunos desayunamos ahí, otros prefirieron pedir sus burritos para llevar y comer durante la jornada. Quien conoce el lugar podrá imaginarse el maravilloso espectáculo de ver al volcán la Virgen iluminándose por los primeros rayos del sol. El luminoso y tierno manto cayendo cálidamente sobre ella -¿o él?- –la Virgen- que se mantuvo altiva y despectiva ante esas caricias. 



El clima que se mostró benévolo permitió disfrutar de tan esplendoroso momento y también por supuesto, tomarnos la clásica fotografía grupal con sendas constancias en mano.  

Una vez que nos adentramos en vehículo quince kilómetros más, pudimos entonces iniciar nuestra travesía a pie. El cañón del Azufre nos abrió sus arterias para que lo recorriéramos.  El principio fue lento, sin embargo, poco a poco tomamos el ritmo del accidentado y pedregoso sendero, cuyo primeros metros  en descenso me hicieron ir con cuidado para no resbalar,  hasta que por fin topamos de frente con la entrada al cañón cuya magnificencia me empequeñeció.  

Me gustó algo que comentó Saúl –el instructor- justo antes de iniciar la caminata, porque coincidí con él; para mí, caminar cualquier sendero es un acto místico, porque lo tomo como oportunidad para la introspección y el análisis. Es la imperante e impostergable necesidad de conectarme con mi ser interior, con la ser humana frágil y vulnerable que se fortalece ante tan imponente paisaje. Es volver a repensar a esas personas que hace miles de años estuvieron ahí mismo viviendo la dura batalla de la vida en un mundo que para nadie más existía, mientras al otro lado del mundo la vida, esa misma, era ya bullicio. Por eso me gusta caminar en silencio y hasta un poco  en soledad. Disfruté la sensación de saberme  fusionada con el pasado, en especial con esas mujeres a las que imagino fuertes, recias, valientes  y amorosas. 
Me asombró observar las capas de estratos en las rocas; si tan solo supiera leer lo que en ellas se inscribe. Me impresionó sobremanera las diferentes tonalidades y texturas de las diversas formaciones rocosas, sus altitudes y sus formas, algunas tan caprichosas. 
Hay tanta información que me gustaría poder entender y retener, como por ejemplo esa gran cantidad de fósiles marinos incrustados en algunas rocas.  
De los momentos más mágicos fue justamente verme y saberme frente y dentro de la cueva de los fósiles. Tener en mis manos objetos de tanto valor histórico, no cualquiera.  Fascinante e inenarrable.


Caminar y caminar bajo un cielo nítido y claramente azulado, escuchar el eco de otras voces perderse en el infinito o llevadas por el viento hacia lugares todavía más inhóspitos y desconocidos, o engullidas por los espíritus de los guerreros, o por las almas inocentes y traviesas de niñas y niños que corrieron desnudos con los ojos entrecerrados mirando al Sol. Todo valió la pena. 
Observé restos de obsidiana, seguramente con la que fabricaron sus flechas y utilizaron para cazar y finalmente alimentarse para poder sobrevivir. 
Me dijeron que ese lugar es muy importante ya que fue la principal cantera de obsidiana de toda la península. 
Tengo  grabado de manera nítida el pequeño ojo de agua que encontramos a nuestro paso, la gran higuera, las zonas donde la ceniza cubre el suelo, el zalate cuya raíz emergía hegemónica de una  roca. Y bueno, las pinturas rupestres; una pequeña cueva donde observé figuras pequeñas -nada que ver con el gran mural en La Pintada, de San Francisco de la Sierra- en forma de animales –ballenas, quizá-, otras que me parecieron estrellas fugaces o medusas, otra langosta, no lo sé y algunas líneas que según mi apreciación forman las siluetas de los tres volcanes.


En fin, cada quien interpreta lo que quiere o lo que puede ver. Al final nuestras conclusiones son el  resultado de una extraña y ambigua combinación: conocimientos e imaginación. Según estos entonces, según los conjuguemos,  resultará lo extenso o corto de la historia que fabriquemos, que alimentemos o soñemos y eso no tiene comparación. El ejercicio de contar y compartir lo que pensamos, creemos y sentimos es el plus en este tipo de recorridos. 
Ese fue el punto de retorno, muchos en silencio debido al cansancio. Cinco horas de caminata empezaron a hacer mella en la conversación y en el andar que se tornó menos ávido, más parsimonioso. Mi paso fue un intentar digerir la carga de historia que emana de ese cañón y sus hermosos y sinuosos y místicos senderos. 
Regresar con el viento frío golpeándome el rostro, fue como si la naturaleza intentase volverme a la realidad. Con el cansancio dentro de mis botas, sobre mis hombros y espalda. Con la mente aturdida, algo semejante a haber vivido un revelador sueño ancestral. En el que desperté y volví a ver que los tres volcanes permanecían inmutables y solemnes  e igual de majestuosos.  

La Virgen, el Viejo y el Azufre: herencia de la naturaleza al romper la tierra.


Todas las personas que asistimos sabemos perfectamente qué instituciones hicieron posible este primer curso taller de senderismo, (Dirección de Turismo e INSUDE) sin embargo para mí, tuvo rostro de mujer. Una mujer que a pesar de tener poco tiene de conocer, admiro. Es líder, inteligente, entusiasta, visionaria, emprendedora, sorora. Este viaje  le constó caídas, torceduras y algunos incidentes más, que por fortuna no fueron graves (a menos que la Pega-pega no se le haya quitado ni con la lavadora). 
Agradezco con todo mi corazón a Verónica García, porque puso su alma para que este evento tuviera los mejores resultados, lo logró sin duda. 

Deseo que este sea el inicio de una serie de cursos para capacitar a todas las personas interesadas en hacer turismo alternativo en el municipio, para así darle una proyección diferente, más diversa a Mulegé.  Así turistas y locales podremos seguir conociendo los hermosos senderos que nos habitan y nos llevan a encontrarnos no únicamente con esa naturaleza, sino con otra parte de la propia, la que cada uno posee.
Que Mulegé se enriquezca también en cultura ambiental para poder hacernos más conscientes de los tesoros que nos rodean y de todo lo que debemos trabajar para ya no seguir lastimando su medio ambiente.

Gracias a todas las personas involucradas, espero que el sendero de la vida en algún momento nos vuelva a reunir.



Patricia Valenzuela Lugo
https://www.instagram.com/libelula_10/


“…sentí que mis pulmones se inflaban con la avalancha de escenarios: aire, montañas, árboles, personas. Pensé: esto es lo que es ser feliz.”  

De: Sylvia Plath (poeta estadounidense).

Lecturas sugeridas:

1.- Historia y arte de la Baja California, de María Teresa Uriarte.

2.- Pinturas rupestres, misiones y oasis de la península de Baja California, de Elizabeth Acosta            Mendía, María de la Luz Gutiérrez, Leonardo Varela Cabral. 




domingo, 30 de diciembre de 2018

Mis días del 2018


Cruzar el desierto  me parece un acto contemplativo y de introspección.

Mientras conduzco mi automóvil  a través de la transpeninsular y observo la naturaleza,  me es casi imposible -al compás de la música de Bach- rememorar  muchas de las cosas que hice este año que termina, a la vez que me cuesta controlar la avalancha emocional que cae sobre mí.
Algo muy bueno que pude lograr este año es tener una librería. Recuerdo cuando descubrí que el local donde ahora se ubica La vendedora de libros, se alquilaba. Fue un flechazo, amor a primera vista y si alguna duda tuve de iniciar con este proyecto, desapareció en el mismo instante  que vi el local vacío haciéndome un guiño con su gran ventanal  frontal.  De eso ya son diez meses y cada vez me siento más enamorada.
Realicé varios viajes: conocí San Francisco de la Sierra y su arte rupestre. Sentí la historia vibrando bajo mis pies, frente a mis ojos que se deslumbraron con sus colores. Escuché el canto de la Madre Tierra hablándome. Me reconocí  -otra vez- insignificante como una minúscula parte del cosmos. Por otro lado y todo lo contrario a la experiencia previa, regresé a Disneyland donde me sentí niña de nuevo y recordé las veces que en compañía de mi familia gocé de ese parque.
Visité por primera vez el zoológico de San Diego y el parque Balboa, del que me fascinaron sus museos, sobre todo el de arte.   
Escuché cantar en vivo a Siddartha, en Tijuana.                                                                                                   
Transité por el camino aún inconcluso que lleva, saliendo de Mexicali y pasando por San Felipe  y otras comunidades a la carretera transpeninsular, a la altura de laguna Chapala. Me maravillé con sus espectaculares vistas.                                                                                                                   
Anduve por los más hermosos rincones de México: Mazamitla –me enamoró- Jiquilpan, Jocotepec, Tlaquepaque y también Manzanillo, su centro y su playa. 
La ruta Rulfiana: Tapalpa, San Gabriel, Sayula  y la gran Comala; donde me envolvieron las voces de Juan Rulfo. Qué decir de su volcán de fuego.                                                                          
Por cuarta vez estuve en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara: ahí conocí en persona a Orhan Pamuk, Marcela Lagarde, Denise Dresser, Adriana Malvido, María Fernanda Ampuero, Omar López Cruz, George F. Smoot . Otra vez escuché a Lidya Cacho, Benito Taibo, Alberto Ruy Sánchez, Francisco Martín Moreno.  Abracé y platiqué con grandes amigos como Rodolfo Naró, Miguel Asa y Edgar Krauss. 
Escuché cantar en vivo a Lila Downs, en un concierto único.             
Reconocí al bello Tequila y otra vez al estrenado pueblo mágico de Tlaquepaque. Luego visité la gran ciudad de México: caminé por Chapultepec y la historia de su castillo. Estuve en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, la sala Nezahualcóyotl, donde escuché al trío Masky. La bella Bellas Artes y la magnífica exposición de Kandinsky. 
Me tocó estar en el zócalo y ser testigo de un momento histórico –nos guste o no- : la toma de posesión del nuevo Presidente de la  República. La plaza bullía.                                                           
Viaje en autobús a la ciudad de Puebla donde me maravillé con su biblioteca Palafoxiana y su comida típica. Cholula y sobre todo Atlixco, me dejaron con ganas de regresar y pasar más días, cautivada por la cercanía del Popocatépetl, de sus artesanías y de su plaza y callejones.                                                                                                                                                       
En la comunidad inicié el proyecto "Mujeres de Letras libres", dándome la oportunidad de conocer a grandes mujeres feministas, como Paola Arzate. Y de ese proyecto y sus actividades, intercambiar momentos, charlas, lecturas, proyecciones de cine, café, té,  con  mujeres de la comunidad con las que estoy  tejiendo una red de sororidad; a la vez que estrecho lazos con otras, en las distintas comunidades del municipio.                                                                                        
Participé en una actividad con el programa Alas y Raíces, invitada por Alma Joana, su directora. Reanudé proyectos que habían estado en pausa, como Cinema Providencia.                           
Pinté otra vez paredes en Cultura Urbana,  frases de mujeres escritoras.                                
Escribí y envié cartas, compré libros, leí sobre feminismo,  escribí, corrí como si se me fuese la vida en ello, con los brazos abiertos desafiando al viento. Bebí café, té y vino.                           
Hice el amor con todo mi amor y terminé con el corazón desbordado, con las ansias de continuar perpetuando esos instantes con él.
Comí pastel y muchas, muchas comidas hipercalóricas y todo lo disfruté sin culpa. Me tendí a los rayos del sol sobre la arena cálida, acariciada por las olas del mar. Obsequié regalos a las personas que amo simplemente porque las amo y eso me hace sentir feliz.       
Visité la tumba de mi padre y madre,  los extrañé y lloré otra vez.                                                       
Sin embargo, lo más importante fue que me ocupé de mí y con ayuda de una excelente profesionista, reconocí el por qué de mis emociones y trabajarlas me llevó a aclarar mis sentimientos y actitudes ante ciertas circunstancias. Me deshice de muchos miedos y sobre todo culpas que hasta ahora aligeran mi transitar por la vida y mejoraron la convivencia con las personas de mi entorno.  Aprendí que soy la única responsable de mis emociones y de lo que me permito sentir,  así como no lo soy de las emociones y sentimientos que se generen en otros.  
Confirmé  -y lo sigo haciendo-  que sólo queriéndome, amándome con todo lo que soy, sin avergonzarme de nada, puedo establecer relaciones sanas tanto con hombres y otras mujeres. Que la libertad y el amor en una pareja no tienen por  fuerza que firmarse, sencillamente esto se da y se demuestra. 
Hablar, es decir, comunicarse es uno de los principales cimientos para que todo sea menos complejo. 
Absolutamente, sí se puede amar a una sola persona y desear compartir la vida entera con ella. El verdadero amor se vive cada día. 
El amor de mi vida nació varios años después que yo  y  me ha dado en todos los contextos, mucho más que cualesquier  otro.                                                                                                         
Este año lloré, lloré mucho; en las lágrimas volqué mis dolores y ausencias, frustraciones y miedos, rabia e impotencia; mi tristeza.
Hoy me siento una mujer que si bien no  ha terminado de reconstruirse, sigue trabajando para sentir la vida de manera diferente; más tranquila, menos ansiosa. Más responsable de mi ser interno y más despreocupada por mi apariencia externa. Y aunque todavía me falta camino por andar… estoy viva y mientras respire seguiré sintiéndome orgullosa de ser esta mujer  cuyo corazón vibra al ritmo de la Madre Tierra.
Amo lo que la vida me dio estos 365 días: Alejandra, Patricia, Jorge. A mis mascotas: Brownie, Bombón y Caramelo. Y por supuesto a mi compañero de aventuras y desventuras: Edgardo Maya.

Gracias 2018. 

He llegado a mi destino.