domingo, 23 de julio de 2017

(Sin) Despedida

     

    Era una tarde de primavera y el sol aún no se ponía. En el ambiente el aroma a flores vibraba al tiempo que se esparcía, movido por la casi imperceptible brisa de un mar obsequioso. La calle vacía de transeúntes, arrullaba a perros y gatos que parecían haber olvidado por un momento sus rivalidades.

Yo fui a despedirme de él. A decirle que lo sentía. Que no lo olvidaría. Que la vida se impone en muchas cosas y en otras tantas, nuestros propios deseos.  

Golpeé la puerta del patio de su casa hasta sangrarme el puño. Concentré en cada uno de los golpes todas las ansias que en esa época se removían en mis adentros como larvas, y carcomían lenta pero eficazmente mi ser interno. La puerta no se abrió, todo lo contrario; permaneció estoica, íntegra, inerte y fulgurante. 
Como si tuviese vida la reté con la mirada. Toda la madera que la constituye se burló de mí. Al menos eso imaginé.

De pie, a escasos centímetros de la puerta, escuché el olfateo del perro que pareció reconocer mi presencia allí afuera, porque lloró y rascó.  Con voz queda le hablé a su mascota –que más lloró y rascó- como lo hice tantas veces mientras se tendía a mis pies, para que le acariciara, bajo la sombra del robusto árbol de mango y al compás del suave balanceo de la poltrona, herencia familiar, según supe una de tantas tardes. 
Al fin su mascota se cansó o terminó por darse cuenta que por más que se esforzara, no podría posar sus enormes patas en mí y en mi ropa limpia. Dejó entonces de rascar, olfatear y llorar y escuché cómo, con andar parsimonioso se alejó.
El silencio se hizo presente otra vez, interrumpido casi de ipso facto, por una canción de moda proveniente de la casa vecina. Mientras tanto, yo seguía ahí, ante aquella fortaleza, con las manos sudorosas y doloridas. Con el corazón contrito, latiendo con rudeza. Áspero. Inquiriéndome por qué él no decidía salir.

Ignoro cuánto tiempo habría transcurrido hasta que me convencí que lo esperado no sucedería.

El horizonte que abrazaba al sol que sucumbía, parecía sangrar y desbordar por el cielo filamentos exangües y finitos.
Un cataclismo crepuscular hermoso y efímero. Algo parecido al amor.

El tiempo se había devaluado –cual peso frente al dólar-.
Así, de esa magnitud fue que me perdí en mis cavilaciones frente a su puerta, apretando fuerte contra el pecho los libros –que le llevaba porque le pertenecen- como si quisiese guardar en ellos mis latidos y respiración, para  el día que él los abra, me lea.

Sin tratar de contener las lágrimas dejé que éstas fluyeran. Lloré sin consuelo, como se hace ante lo irremediable, ante la sensación de vacío. Como se le llora al amigo o amiga que se pierde. Lloré porque entendí que para él no hizo falta despedida alguna.
Ante la separación todo estuvo dicho.

La decepción y desilusión terminan con cualquier sentimiento, incluso el amor.

Sequé mis lágrimas y me di media vuelta para regresar por donde llegué; en ese brevísimo instante alcancé a ver a través del resquicio formado por la puerta y uno de sus marcos, una silueta alargada. Sombra que apenas respiraba. Era él, indeciso entre salir o no, retenerme o dejarme ir.

Al final optó por lo último e irónicamente sentí alivio. 

Estoy segura que ambos supimos que ni todas las palabras del mundo podrían cambiar el curso de las cosas. Así que termine por irme de ahí. Llegué a casa y dejé sus libros dentro de una caja. Desde entonces yacen en espera que sea el destino el que marque la pauta y puedan volver a donde pertenecen. 






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